EMPEZÓ SIENDO una broma de mal gusto y ahora esperamos que se quede en ello. Aunque, después de oír en El Corte Inglés a una señora que pedía insistentemente un cava extremeño por razones extravitivinícolas, empecé a pensar que todos los comentarios de estos días podrían estar definiendo los términos de una amenaza real de boicot al cava catalán. Todavía no me lo creo, pero ya viene a cuento hablar de ello. Sobre todo si se tiene en cuenta que casi la mitad de sus ventas se producen en España. ¿De qué estamos hablando realmente? Por desgracia, de la torpeza de algunos políticos y de algunos tertulianos que, a falta de talento para causas de mayor rango, disfrutan deslizándose por el tobogán de la demagogia y de la machada. Y ya no hablo sólo de Carod Rovira, ese experto en abrir cajas de Pandora, sino de todos los que han venido detrás con su desmelenada pluralidad de opiniones. Desde los que le restan importancia a la cuestión asegurando que el cava se vende mayormente en el extranjero hasta los que simplemente hacen populismo (a un lado y a otro) jugando irresponsablemente con la excitación de instintos poco o nada respetables. Frente a ellos estamos, y somos muchos más, los que nos tomamos en serio cualquier situación que, en un fácil descarrile, pueda acabar por generar distancia, resentimiento, suspicacia o reconcomio. No debe haber lugar para estos sentimientos. No responden a la realidad de una España plural en la que unas torpezas aisladas no pueden ser pretextos para enconos duraderos ni para boicots mezquinos. Se puede denostar al inefable Carod, de verbo diarreico, y al mismo tiempo brindar con un cava espléndido, fruto del esfuerzo y del buen hacer de un sector modélico. Y, por supuesto, esta afirmación no excluye el cava extremeño ni el del norte ni otros de cuya existencia pueda yo no tener información. Lo único que se excluye es la miseria moral y el afán de confrontación social y política. Sería inicuo a estas alturas que nos entrase una pasión lamentable por boicotearnos. Más propio es que brindemos por las cosas grandes que hacemos juntos cada vez que remamos en la misma dirección. ¡Si hasta Carod lo sabe!