EN MI CIUDAD los políticos pasan -como en todas partes, diría que por fortuna- y las frustraciones se quedan. Ahora ha sido el buen Pérez Touriño quien, con gorro de papá Noel y camello de rey mago, ha asegurado que en 2006 se agilizarán las infraestructuras de Vigo. No vienen a decir «ahí queda eso» y te señalan al propio tiempo una gran obra pública. Me recuerdan al por entonces admirado Adolfo Suárez, que también empezó el año, hace un cuarto de siglo por estas fechas, con la promesa de que se repararían las injusticias cometidas en Galicia durante siglos. Con que nos colmen las expectativas de los últimos años sería suficiente. Escucho en Vigo, desde tiempo inmemorial, que los ciudadanos se hartarán un día y a lo peor hasta dan a los políticos lo que se merecen. No sé si es prudencia, sumisión o una mezcla de ambas, pero Vigo lleva soportando esta situación durante siglos. Podríamos remontarnos al Padre Feijóo o al diputado Vázquez Viso y sus diatribas sobre el abandono y desaprovechamiento del puerto vigués y de nuestros accesos. Más próximos a este tiempo, ya avanzado el XIX, el viaje por ferrocarril entre esta ciudad y Madrid había que hacerlo a través de Portugal. ¡Como para creerse con esos antecedentes que las generaciones actuales van a conocer el tren de alta velocidad! Y si nos acercamos a un pasado mucho más próximo, el caso de la construcción de la AP-9 fue sangrante, pero en particular en el acceso a Vigo, con un puente de Rande que costó miles de millones de pesetas, terminado y no obstante sin que pudiera ser utilizado durante más de dos años. Estas simples referencias y docenas de ellas que se podrían apuntar hacen suponer que el vigués nace con la discriminación en los genes. Y jamás pasa nada, no hay reacción firme. Pero nunca mejor que un día como hoy, en el que quien más quien menos tienta a la suerte y a alguno siempre le llega, para pensar que lo que no ha sucedido nunca pueda ocurrir en cualquier momento.