TODO TERRITORIO es susceptible de transmitir a sus habitantes una parte de su memoria histórica que refuerza el sentido de pertenencia y la identificación del individuo con su « locus ». De esta manera el paisaje, como manifestación visible de la territorialidad, pasa a convertirse en un elemento referencial del entorno vital de las personas. Por esta vía se produce un diálogo entre el hombre y el medio por el cual cada individuo asocia valores, recuerdos y emociones a algo que en principio parecía tan externo a él. El hombre interior se carga de territorialidad y el territorio se llena de sensibilidades y de esa fluida relación emerge un nuevo modo de ver, de sentir, de imaginar el medio humanizado. Por eso a algunos la destrucción del territorio, de su memoria, nos duele, porque somos conscientes de que se está atentando contra nuestra identidad como persona, como colectividad y como pueblo. De hecho toda nación tiene como elementos constitutivos un pueblo, una bandera y un territorio. Bajo esta perspectiva resultará fácil entender la trascendencia que la actuación de los agentes políticos y económicos tienen sobre el territorio. Es éste un discurso teórico relacionado con un sucedido reciente. Ocurrió en una parroquia ribereña del Ullán. Pasaba por allí cuando un ciudadano se dirigió a mí para comentarme una, para él, lastimosa situación. Como en todas las parroquias había un pequeño cementerio al que se accedía por un camino orlado de cipreses. Un paisaje asociado al imaginario de la vida pero también al de la muerte, tan intrincadamente unidos en nuestra cultura popular. Recientemente la Iglesia había vendido los terrenos que daban al camino; el nuevo propietario cortó los árboles y junto a la antigua senda construyó una nave metálica. El hombre veía en aquel hecho un desgarro en el paisaje, un feísmo profundo y sobre todo una herida a su sentimiento, a su sensibilidad. Una suma de decisiones insensibles: de los propietarios, del ayuntamiento y del industrial, habían agredido en lo más profundo de su memoria a aquella porción del territorio. Sirva este sucedido como ejemplo de cómo los hombres y las mujeres de a pie sienten el feísmo. No se trata de una sublimación poética del territorio; se trata de un lectura sensible y vital del entorno. Una vivencia que debemos fomentar y no destruir. Por eso es tanta la responsabilidad de aquéllos que teniendo en sus manos la toma de decisiones venden un trozo de territorio por una actuación desarrollista a corto plazo, pero que a la larga están contribuyendo a borrar una parte esencial de nuestra identidad como país, como pueblo, como soporte de una cultura propia. Tanta es su responsabilidad que me asusta pensar en la indefensión que nuestro territorio padece en manos como esas. Debemos exigir gobernantes conscientes de la responsabilidad de sus acciones y decisiones, no ya sólo con respecto al carácter sostenible del modelo de desarrollo sino incluso al modo de concebir el país. Hoy son las canteras, los parques eólicos, las piscifactorías y el antiurbanismo lo que más frecuentemente enciende nuestros sentimientos, pero mañana pueden ser otras actuaciones. ¿Seremos capaces de generar otra clase de gobernantes?