SI QUEDAN dudas de que « nomen, omen », latinorio que significa que tu nombre es presagio de lo que eres, con la Lotería de Navidad van a menos y acabarán en nada. Es ya evidente que sorteo, suerte, suertudo... vienen de la catalana Sort -¡ya lo dice la palabra!- y la cosa irá a más, desde la probabilidad más que esperable hasta la seguridad física, metafísica y patafísica, y las dudas al respecto no las querrá ni el tópico gato que apanda siempre con los residuos y desperdicios. El aluvión de almas de cántaro que creen que comprar en Sort trae suerte acaba consiguiendo irrefutablemente que comprar en Sort traiga suerte y el águila de la administración de loterías acabará vendiendo todos los números de Navidad y así certificará por narices que comprar en Sort trae suerte y saldrán en pantalla, empezando a mamarse de autosatisfacción y champán, todos los suertudos del sorteo, pero no saldrán en pantalla ni tendrán nada que decir todos los que no rascaron bola. La Dirección General de Loterías se instalará en Sort y no habrá suertudo que no se ponga glorioso con que compró en Sort, ni habrá perdedor que, arrepentido y escarmentado, le corte las mangas a la etimología propiciatoria que resultó ser una caca pinchada en un palo. Al final del cuento en Sort lo único que queda de azar es que Carod-Rovira no pueda evitar que le toque el gordo a los españoles. Lo evitaría trucando el bombo, cosa que ya les constaba a todos los que compraron lotería de Navidad en Galicia cuando lo del Prestige , pues ya «se sabía» que aquel año el Gordo caía en Galicia, pero no por una feliz conjura de las conjunciones astrales, sino por la gubernamental mano que mece el bombo... Este año cayó el gordo en Sort y ¡vaya por Dios!, qué chasco, qué gigantesco chasco para la devoción de miles de peregrinos que, según mis noticias, compraron billetes y más billetes en Santiago, también porque ya «se sabía» que o la mano que mece el bombo o el apostólico dedo iban a ponerle al Xacobeo un broche de mil pares de narices. En fin, que lo del nombre como presagio o certificado no hay quien lo remedie. Hace más de dos mil años la ciudad de Maloentum sonaba a «mal» en oídos latinos y la mejoraron a Beneventum, es decir, a «bien venido». En el XVI a unos finústicos castellanoparlantes de Compostela les desagradaba que una aldea se llamase Perros y la mejoraron en Os Ánxeles. Hace un porrón de años unos entusiastas querían que el cacereño Arroyo del Puerco pasase a ser Arroyo del Caudillo, pero la Casa Civil de Su Excelencia, «polo si ou polo non» rechazó y desaconsejó el homenaje tan peligrosamente metonímico. En cambio, esto de Sort y su propensión a enriquecer crédulos no hay quien lo pare. El proceso empezó en chiripa con bobaliconería, ascendió a alta probabilidad estadística y acabará en seguridad física, metafísica y patafísica. Pero los que compraron en Sort y no rascaron bola no tendrán nunca ni voz ni voto en pantalla. Por no tener, ni siquiera reintegro.