CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
26 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.JUSTO doce meses después, lo mismo. Miles de muertos a través de la pecera de la televisión. El año pasado, un terremoto en Irán, una ciudad borrada del mapa. Ayer, un maremoto en el sudeste asiático, los cadáveres pequeños de los niños como una resaca del mar en las playas. Dice Javier Marías que estamos tan saturados de violencia que no nos la tomamos en serio hasta que nos salpica. Es verdad. Las imágenes de ayer parecían un trailer de la última película de Hollywood, con una única diferencia: los muertos no eran extras ni efectos digitales. Reían como nosotros. Vivimos en la cultura del videojuego, la sangre es ketchup hasta que nos cortamos un dedo. La violencia cuando nos toca, un accidente de coche, nos hace temblar, con ese frío que sólo da el miedo. Los muertos del tercer mundo parecen menos muertos, su sufrimiento nos coge tan lejos que termina por darnos igual, tan irreal como una pantalla de ordenador. Es triste. No deberíamos olvidar que nosotros vivimos en la placenta del primer mundo porque apoyamos durante siglos los pies en la cabeza de los desheredados para que ellos se traguen todo el barro. Ayer, en Asia enterraron a los niños con palas excavadoras. cesar.casal@lavoz.es