IBARRETXE y no Alfonso Guerra fue quien dijo que, después de una pasada por el Parlamento vasco, a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió. Ha sido pasar por aquellos escaños el plan del lehendakari e incluso advertimos los efectos quienes siempre hemos creído que asuntos de este tipo le interesan a cuatro, y la inmensa mayoría que constituímos el resto estamos más preocupados por el precio de la vivienda, las listas de la espera en la sanidad y otras mil historias que ayudan a hacernos la vida más o menos grata. Cada político busca su víctima propiciatoria en las barricadas. El dúo Zapatero-Blanco quiere demostrar que Rajoy-Zaplana, en la línea dura de Aznar a la hora de tratar los problemas vascos, están deslegitimados para probar la receta otra vez. Los líderes del PP pretenden excluir de su acendrado amor a España a todos los demás. Montilla bronquea a CIU por sumarse al plan, pero en realidad está mandando un mensaje a ERC para que no se pongan igual de duros a la hora de discutir el Estatut. Y aquí, entre nosotros, Palmou hace el tanteo en la operación de acoso y derribo al BNG hasta que llega Pita, el matarife -más parece que matador- y envía nuevamente a las cavernas a los nacionalistas, cuidándose de excluir al castigado Beiras, que ahora, según el político popular, es un liberal. Los españoles -incluso los que nos sentimos tales como el café-café, por partida doble- estamos hartos de una política que no se ejerce para resolver problemas, sino para descalificar y a ser posible hundir al otro. Los bloqueiros se expresan como parece razonable que se expresen, de acuerdo con su ideología. Y punto, que diría quien yo me sé. A mí con no votarles me llega, no tengo que procurar además que un maremoto se acerque a su sede compostelana. Tan cavernícolas deben ser cuando apoyan el plan Ibarretxe, como cuando defienden otro plan, el de Ordenación de Vigo; en este caso, por cierto, de acuerdo con el PPdG y por interés de ambos.