ORGANIZACIÓN y ordenación territorial son dos perspectivas diferentes pero complementarias. Ambas son objeto de debate entre nosotros y, tal como van las cosas, van a seguir siéndolo mucho tiempo. La experiencia europea nos dice que se requiere un tiempo prolongado y un ritmo pausado para no caer en improvisaciones ni en ocurrentes desatinos, y que allí donde se culminaron con éxito tardaron entre diez y veinte años. Algunos aspectos, por su mayor envergadura y complejidad, requieren tiempos mayores. Así ocurre con la descentralización del Estado. Las comunidades autónomas plantean serias dudas al pensar en ellas como una solución definitiva, que a la larga habrá de devenir en un Estado federal o en un Estado centralizado apoyado en una descentralización regional de tipo administrativo con capacidad de autogobierno cada vez más limitada. El tema de los nacionalismos, que en el fondo es la expresión de la identidad territorial de los pueblos, constituye un caso parecido, porque todo nacionalismo lleva al final a la independencia o a fórmulas más modernas de soberanía compartida. También la historia reciente de Europa nos dice que los nacionalismos sin Estado terminaron por tenerlo, aun a costa de la remodelación del mapa europeo. Lo ocurrido en los Balcanes o en Centroeuropa es buena prueba de ello. Otro ámbito importante del debate territorial afecta a los municipios, ante la necesidad de buscar fórmulas de agrupación que permitan una mayor eficiencia en la gestión y en la política local respetando las identidades locales. La crisis demográfica y los cambios socioeconómicos han acentuado la debilidad de los pequeños municipios para hacer frente a los nuevos retos. Muchas soluciones se han propuesto y otras habrán de plantearse. La más antigua es la fusión de los municipios, cuyos resultados no fueron todo lo positivo que se esperaba. Ahora se retoma con ocasión del pacto local para dotar a los municipios de más competencias y capacidad financiera. Otra fórmula utilizada y con arraigo en la tradición española es la comarca, una asociación voluntaria basada en la identidad territorial de las comarcas, y que puede ser una fase preparatoria para una posterior agregación, pero conservando las identidades territoriales. Más recientemente las diputaciones, que no acaban de encontrar su sitio, juegan el papel de apoyo a los pequeños municipios para hacer viable la modernización y el mantenimiento del poder local, justificando a la vez su existencia. No faltan ideas innovadoras, como diferenciar entre ayuntamientos y municipios, creando la figura del gran ayuntamiento formado por varios municipios, con una interesante combinación de la autonomía local y la integración supramunicipal, algo así como una reformulación de la comarcalización desde el municipalismo. Otras propuestas se sitúan en la línea de crear asociaciones de municipios en mancomunidades o áreas funcionales receptoras de la descentralización competencial y financiera que se precisa. Queda todavía un tercer escalón, el urbano, donde la realidad ha ido muy por delante de la reglamentación. Nuestras ciudades ya no coinciden con sus términos municipales, convertidas en realidades supramunicipales o metropolitanas que demandan formas de gobierno o coordinación eficientes. La fórmula legal vigente está superada por la experiencia de no haber funcionado en ninguna parte, haciendo que el modelo competencial y burocrático vaya evolucionando hacia la flexibilización y la cooperación consorciada, apoyada en sistemas de ordenación territorial específicos. Podríamos continuar pero los temas enumerados son suficientes para percibir que el debate territorial es y será un tema central en los años venideros. De su resolución dependerá nuestro proyecto de país. No valen por eso decisiones precipitadas ni ocurrentes, se requiere una elevada capacidad de innovar desde el realismo que imprime el pensar con los pies en la tierra, o en territorio, que es lo mismo.