DE UN TIEMPO a esta parte hablar del futuro de nuestra tierra se reduce a hablar del Plan Galicia. Un plan en torno al cual se ha ido tejiendo una maraña de contradicciones, de confusiones, de confrontaciones, e incluso de engaños. Ciertamente que el futuro de Galicia exige una reflexión más profunda de la que los proyectos de infraestructuras puedan aportar. Hemos de repensar por qué después de quince años de aplicación de un determinado modelo de desarrollo económico los resultados no son los esperados, dado que Galicia sigue en el pelotón de las regiones menos desarrolladas y los datos que periódicamente nos llegan, a pesar de ser a menudo contradictorios, no son tan positivos como desearíamos. Por eso a la hora de pensar en un plan de futuro para Galicia es preciso insertar el actual proyecto de infraestructuras en el modelo de desarrollo regional que se quiera implantar o promover. En el primer capítulo, el Plan Galicia fue un plan de choque ante los errores que la propia Administración cometió en el tema del Prestige y se resolvió con una apresurada agrupación de acciones infraestructurales pendientes, a las que Cascos añadió el AVE del Cantábrico y Vázquez el necesario puerto exterior y de refugio. Un plan que fue entonces objeto de críticas generalizadas. El segundo capítulo vino marcado por el cambio de papeles en el Gobierno central y el desvío de los fondos aprobados para Galicia a otros proyectos y lugares, lo cual levantó sarpullidos y reabrió el sentimiento de la Galicia marginada, lo cual, ayudado por la presión mediática y la defensa política a ultranza, provocó un reagrupamiento en torno al antes denostado Plan Galicia de toda la sociedad, que se sintió indefensa, malparada, despreciada y vilipendiada. Otros intereses nos cogieron la delantera y eso nos dolió. En este capítulo seguimos porque el serial se alarga introduciendo factores de sorpresa cada poco tiempo, como en los buenos seriales televisivos. Con todo nos está cansando un poco, porque en sí mismo no es una serie demasiado entretenida. Más bien se trata de una película triste y lacrimógena. Ahora nos aportan datos que nos van introduciendo en el tercer capítulo. Me refiero a la posibilidad de decidir si el AVE va a ser sólo de pasajeros o también de mercancías. La pregunta tiene su enjundia. No cabe duda que si apostamos por aumentar la competitividad de Galicia aprovechando las ventajas de su posición marítima con respecto a las nuevas autopistas del mar, debemos de convenir que para ampliar el hinterland de nuestro nuevo sistema portuario y superar a nuestros próximos competidores marítimos, necesitamos compensar la excesiva distancia a los grandes centros de producción y consumo con un transporte ferroviario rápido para las mercancías que se carguen o descarguen en nuestras dársenas futuras. Es tan urgente que las personas lleguen antes a Madrid como que las mercancías lleguen antes a los grandes centros económicos europeos. De ahí que la propuesta que nos obligan a decidir no sea algo baladí, al menos a mí me lo parece. La intermodalidad no sólo debe aplicarse a las estaciones urbanas, también al sistema regional de transportes, incluyendo el barco, el tren, el avión y el automóvil, y todo ello dentro de un modelo de desarrollo para la Galicia del futuro, menos abstracto y teórico de los que algunos componen con los consabidos temas de moda. Claro que hay una condición que desde este punto de vista resulta todavía más innegociable: el plazo de finalización. Posiblemente sea preferible una sola línea rápida de pasaje y carga a corto plazo que una red de vías rápidas que cubran toda nuestra geografía urbana. Pero en ese caso los nuevos puertos, que deben funcionar complementariamente bajo una dirección única, deben encontrarse con el tren rápido terminado cuando empiecen a funcionar. De lo contrario todo el esfuerzo inversor quedará en una incongruencia más. Un capítulo, el tercero, que me parece interesante para todos.