EL 7 DE JULIO del año pasado se cumplió medio siglo del suicidio del brillante matemático Alan Turing, considerado el padre de la inteligencia artificial y del ordenador actual. Tenía 42 años cuando su mente maravillosa se trastornó, y una dosis de cianuro hizo el resto. Hoy nos lo recuerda una estatua en Canal Street, en el centro de Manchester, unos de los barrios gais más conocidos de Europa. De sobrevivir, Turing tendría ahora 92 años y observaría con inmenso asombro en donde desembocaron sus experimentos con el sistema binario, que él fue el primero en usar en la computación. Pero la vida tiene algo de perverso y de injusto. Lo mismo que le impidió a Van Gogh conocer el descomunal éxito de su pintura o a Cervantes el universal reconocimiento de su Quijote. Ni siquiera James Dean pudo asistir al estreno de la película Gigante , donde arrollaba literalmente a un brillante Rock Hudson. Pero yo pensaba en Turing cuando me senté ante el ordenador para escribir estas líneas. ¡Qué gran invento, qué pasmosa creación! Y me dejé consolar por J. Tannery: «La brevedad de la vida pone una cierta igualdad entre los hombres: no permite que los inteligentes tomen una gran ventaja sobre los demás». ¿Se trata de esto?