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24 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EL VETERANO guionista español Carlos Blanco sostiene que el gran objetivo del cine es entretener. En realidad, su personaje de referencia es Scherezade, y su lema profesional: «O entretienes o mueres al amanecer». Y esto está por encima del rigor histórico (que él llama «rigor mortis») y de la verdad de cualquier hecho real. Espartaco tiene que ser grande en la pantalla, no verdadero. Zapata, igual. Napoleón, otro tanto. Sin embargo, cualquiera diría que esta regla de oro ha sido olvidada en superproducciones como Alejandro Magno o El aviador. Tanto Oliver Stone (director de la primera) como Martin Scorsese (de la segunda) se han olvidado de contar historias maravillosas para dedicarse a ilustrar unas biografías de un modo que, por momentos, nos hace recordar algunos reportajes de National Geographic . Y no se puede decir que no se trata de dos grandes directores. Ni que carecieron de medios para sus supervalorados efectos especiales. No. Lo que se echa en falta es la continuidad de una emoción, es decir la unidad narrativa que nos seduce y entretiene mientras dura la película. El aviador cuenta la vida del excéntrico millonario Howard Hughes entre 1927 y 1948, pero lamentablemente no transmite ninguna emoción.