Ramón Sampedro, un ser inmortal

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

24 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LA MUERTE de Ramón Sampedro no fue un suicidio. Un suicidio, al contrario que un intento de suicidio, es un acto silencioso. El acto suicida se impone cuando ya no se espera ninguna respuesta, cuando se ha llegado al límite de la experiencia de la palabra y todo ha perdido sentido. Es, precisamente, en el vacío absoluto de sentido, que el empuje a la muerte no encuentra freno. Por eso el acto suicida es sin el otro, aunque el suicida deje una carta, incluso aunque se trate de un suicidio colectivo. Ramón Sampedro no quiso morir así: hizo de su muerte una causa. Durante años concedió entrevistas a los medios de comunicación, escribió, publicó y acudió a los Tribunales de Justicia. En torno a su causa aglutinó voluntades. Con su demanda de muerte hizo vínculo, lazo social. Su muerte no era una muerte para desprenderse y cortar con el otro. No lo fue así ni siquiera en su realización, que fue filmada, y para la que buscó el concurso de otros: tal vez por eso siempre rechazó una silla motorizada. Desde una ética consecuencialista, debemos admitir que todo acto debe ser valorado por sus efectos. Normalmente, las consecuencias del acto suicida son el ocultamiento y el silencio. No es este el caso de Ramón Sampedro que, con su muerte, hace hablar a todo el mundo y es motivo de producciones de la cultura. Ramón Sampedro, privado del manejo de su cuerpo, afianzó el valor esencial de todo ser humano: su ser de lenguaje. Así, asumiendo su destino trágico, desafió a las leyes de la ciudad. Él, que vivía la vida como algo ya perdido, actuó su propia pérdida para escribir un mensaje imborrable. Por eso, con su muerte, adquirió una dimensión mítica. Por eso, como a los héroes de la tragedia griega, no le faltó su coro. Ramón Sampedro, con su testamento público, se aleja del acto suicida. Ramón Sampedro, con su muerte, logró la inmortalidad. La tragedia no es el drama. La diferencia está en que en la tragedia la muerte es inevitable, mientras que en el drama la muerte es debida a un azar adverso. El accidente que provocó la invalidez de Ramón Sampedro fue algo dramático, su muerte fue trágica. Sería mejor no hacer un drama de su muerte.