Oración sobre Auschwitz

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

26 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ES UNA SUERTE que el 60 Aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz (27-01-1945) coincida con el referéndum sobre la Constitución para Europa. Porque sólo así podemos mirar de frente a nuestra historia. Y sólo así nos sentimos capacitados para asumir las lecciones del pasado sin caer en la desesperanza generada por el crimen y la degradación absoluta. La peor cara de la humanidad, la Europa salvaje de los campos de exterminio, se contrapone en este aniversario con la empresa política más grande de todos los tiempos. La esterilidad de la guerra, endémica en Occidente, cede su espacio a la fecundidad de la paz. La falsa grandeza de los Estados imperialistas, cimentada sobre el odio y las armas, se ve desalojada por las políticas de solidaridad y cooperación. Y la horrenda música militar, acompasada por botas que marcaban el paso de la oca, se ve sustituída por una prodigiosa conjunción de Schiller y Beethoven que ya se balbucea como himno común por los 450 millones de habitantes que componen el puzzle de lenguas y culturas que se extiende entre Tallín y La Gomera. No tengo ninguna duda de que la Europa de hoy es la antítesis de la que engendró los fascismos que condujeron al holocausto de nuestra civilización entre 1939 y 1945. Pero tampoco conviene olvidar que, como dijo Gerhard Schröder, estas cosas terribles siempre se inician lenta y sutilmente, con un embrutecimiento del pensamiento y una carencia de escrúpulos morales que cuentan con la complicidad de sociedades enteras. Y por eso hay que hacer un llamamiento a la regeneración de un discurso político que, también en España, atraviesa las horas más bajas de las últimas décadas. El terrible balance del siglo XX nos obliga a escoger libre y conscientemente entre la Europa de Auschwitz y la de Bruselas. Y, por más que sean los errores y déficits que jalonan el camino hacia la Constitución, nadie debe llevarse a engaño a la hora de proponer Europas intermedias que, al menos a medio plazo, no existen. Los 60 años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy son un tiempo suficientemente corto para que aún tengamos millones de testigos y víctimas de aquella loca carnicería. Pero también son un período suficientemente largo para que las nuevas generaciones vean aquella Europa como algo irreal e irrepetible, o como una pesadilla definitivamente sepultada por los avances de la civilización. Por eso me parece oportuno terminar esta oración sobre Auschwitz recordando las palabras del siempre certero y comprometido Berthold Brecht: «Que nadie cante victoria fuera de tiempo, porque el vientre donde se engendró la bestia inmunda sigue siendo fértil».