TRENES atiborrados de emigrantes que entraban por Irún, noches en los pasillos del vagón, guitarras y voces cansadas, abatidas por la noche. Es el recuerdo de la vuelta a casa por Navidad. Y resuena en él aquella canción de hace más de 30 años que hablaba de la otra España. Y recuerdo las conversaciones de ayer. Hoy, los políticos hablan, como entonces, de la unidad de esa España y de los independentistas; el fantasma de la España una y rota renace también como entonces; los intentos por controlar los medios de comunicación son también como los de entonces. Las expectativas democráticas siguen como entonces en el horizonte. También como entonces sigue habiendo una España oficial, la de los encendidos y peligrosos debates territoriales, la de las primeras piedras, la de la propaganda informativa, la de la negación del cambio. Junto a ella y a veces enfrente está la otra España, la del coste de la vida, la de la precariedad laboral, la del déficit sanitario, la de un sistema judicial injusto y arbitrario, la de una sociedad subvencionada, la de una democracia insuficiente. Esa es, como ayer, la España real, la de la canción de entonces. Y es ésta la que verdaderamente importa a los ciudadanos. Entre las dos Españas, la de ayer y la de hoy, muchas mejoras y muchos avances se han producido, pero también muchos nuevos problemas han aparecido, y otros de entonces siguen sin resolverse. La diferencia entre la España oficial y la España real sigue vigente, y de tanto diverger nace un cierto sentido despectivo que es recíproco. La gente desprecia la política y los políticos desprecian a los ciudadanos, salvo para pedirles el voto. Una nueva forma de despotismo ilustrado gobierna en nombre del pueblo pero sin el pueblo. Ayer, entonces, la gente creyó, se entusiasmó, nos entusiasmamos con la democracia. Hoy, hay una decepción democrática. ¿Para qué votar, si luego hacen lo que quieren? ¿Para qué creer en el poder de los políticos si lo usan para enriquecerse? ¿Para qué sirven tantos diputados, senadores, si al final actúan como mandados? ¿ Para qué tanto discurso ejemplarizante si luego se instala la corrupción? ¿Para qué...?. Preguntas como éstas componen el código de la decepción. Por dignidad democrática, la España oficial tiene que dar respuestas más éticas y convincentes a la España real. Valgan algunos ejemplos. ¿Para cuándo la ley de la financiación de los partidos políticos? ¿Para cuándo la política del conocimiento tendrá prioridad sobre la política del ladrillo? ¿Para cuándo las listas abiertas? ¿Para cuándo la partitocracia dará paso a una democracia representativa? ¿Para cuándo la limitación de la permanencia en los cargos? Aznar nos ha dado un gran ejemplo, tal vez ha sido su aportación más positiva a la construcción democrática; pero aún quedan muchas cosas. ¿Para cuándo el final de los pagos encubiertos a los medios de comunicación sometidos? ¿Para cuándo la libertad de información se impondra a la información intervenida en una sociedad mediática mediatizada? Y ¿para cuándo el control efectivo y objetivo de las subvenciones? ¿Para cuándo la alianza del poder con los ciudadanos sustituirá a la del poder político con el poder económico? ¿Para cuándo los sueldos de los ciudadanos tendrán un incremento paralelo a los de los políticos? Son muchos los paracuándos? que podríamos hacer, pero hay uno que los engloba a todos: ¿para cuándo el control de la corrupción, del clientelismo, de las subvenciones de favor, del nepotismo? A la vista de lo dicho, ya no sé si el problema de la España real está en cambiar la Constitución, en cambiar los estatutos de autonomía, en el creciente temor a los separatismos. Empiezo a creer que no. El verdadero problema es mejorar la democracia, las libertades, las conductas personales, la honestidad, para recuperar la ilusión perdida, la esperanza en un tiempo político mejor, como en aquellas canciones del pasillo del tren, las de la ?otra España?, porque ésta no es la España con que habíamos soñado. Y esto no sé si se arregla sólo con cambiar la Constitución.