Calma y tempestad

MARÍA ANTONIA IGLESIAS

OPINIÓN

04 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NUNCA me ha gustado hacer augurios, y menos en política; porque en política todo es mudable, variable, circunstancial y por tanto, inevitable el riesgo del error. Pero hay momentos en los que los astros se conjuran hasta provocar en quien los observa un incómodo desasosiego. Tal es lo que a mí me ocurre respecto al futuro político de Euskadi, ahora que después de la calma se avecina la tempestad. Y no al revés, como dicen los entendidos que sucede. Creo que en Euskadi, y en el corazón del Estado muy especialmente, hemos vivido días de frenética convulsión política en medio de una compartida calma en torno al debate del Plan Ibarretxe en el Congreso de los Diputados. Una calma no exenta de tensiones, pero calma, al fin, gracias a que los políticos de este país estuvieron, todos, siquiera por una vez, a la altura de las circunstancias. Desde Ibarretxe hasta Rajoy protagonizaron una verdadera épica de la civilidad y de la democracia. Fue realmente alentador poder oír las cosas que se dijeron y comprobar que los leones de bronce de la Carrera de San Jerónimo seguían en su sitio sin comerse a nadie. Porque algunos habían llegado a formular semejante augurio. Lamentablemente, la climatología parece dispuesta a permitir que, ahora, después de la calma se suceda la tempestad. Y el primero en destapar la caja de los truenos ha sido Ibarretxe. Porque él ha convocado un referéndum perversamente enmascarado en un adelanto electoral revestido de victimismo y de órdago a la grande. Después, los partidos constitucionalistas han acudido, rápidamente, en su ayuda remedando a Pasionaria en su «no pasarán». Y así, la tempestad está servida. Está garantizada por una fractura social que es endémica en el País Vasco, causa última de todos sus males y alimento envenenado del que vive el conjunto de la clase política. Lo triste es que esto no es inevitable. Porque es bien cierto que hubo un tiempo (el tiempo de Felipe y Arzalluz, de Ardanza y Ramón Jáuregui) en el que otra política fue posible, en el que la cohabitación no fue una quimera sino un ejercicio de sentido de la responsabilidad y del Estado. Así que habrá tempestad en Euskadi y de consecuencias imprevisibles simplemente porque Ibarretxe se empeña en mantener su irrealizable Plan , un plan que nació, es cierto, del plan Aznar para laminar al nacionalismo democrático. Sólo que hoy no existe Aznar ni su plan . Pero Ibarretxe no quiere aceptar la nueva realidad. Habrá tempestad, también, porque el PP no ha abandonado su estrategia contra el nacionalista infiel, y porque a los socialistas les falta el coraje que, desgraciadamente, no han heredado de sus antecesores, tan socialistas como ellos, pero capaces de poner en pie los valores de la transversalidad y el entendimiento. Lo malo es que la tempestad se puede extender a «otros puntos de la Península», como Cataluña. De momento se observan negros nubarrones, mientras Maragall no parece nada dispuesto a compartir con Zapatero el mapa de su tiempo político. Y a mí, que siempre he sido una optimista contumaz respecto a la capacidad de este país nuestro para sobrevivir a su instinto de destrucción, me empiezan a preocupar, seriamente, las consecuencias de la tempestad. Espero que la advertencia de Esquerra Republicana de que «esto no ha hecho más que empezar» sea sólo el anuncio de que el precio del voto se ha puesto por las nubes.