SE ANUNCIA la novedad de la nueva Ley de Reproducción Asistida, que permitirá la selección de embriones con fines terapéuticos e, inmediatamente, surge el latiguillo periodístico: «bebés a la carta». Es inevitable, de alguna manera hay que explicar las cosas. Lo que quiere decirse en realidad, y así se explica en el cuerpo de la información en los diarios (en éste) es menos espectacular: que de entre todos los embriones que se obtienen en un proceso de fecundación in-vitro se elige aquel que sea compatible con el de su hermano enfermo al que podrá donar luego células y curarle. Tomada del vocabulario de la gastronomía, «A la carta» es una expresión chocante, divertida o inquietante, según se mire. ¿Pero no hemos sido todos elegidos a la carta, de alguna manera? Porque, pensándolo bien, cada uno de nosotros es el resultado de una selección dirigida por el gusto estético, por las similitudes o contrastes del carácter, por las ambiciones sociales y sus limitaciones. En algún grado considerable, nuestros padres se eligieron, y los suyos, y los de ellos. Somos el producto de esas elecciones a lo largo de generaciones, y del azar. Sin embargo, nos repugna pensar que nuestro ser es algo deliberado. Preferimos el azar, en algún lugar recóndito de nuestra conciencia, lo identificamos con la libertad. Quizá la libertad no sea más que eso: el margen de error que permite la suerte, buena o mala. Hay quien piensa incluso que la fecundación artificial es indigna del ser humano, y lo repite estos días. Evidentemente, piensan en el ser humano en abstracto, porque difícilmente podría ser indigno para el que logra existir gracias a ella. Pero esta preocupación tiene su parte buena: es en todo caso el síntoma de un avance: hasta no hace muchos años, el problema de los bebés no era su dignidad o su libertad, sino simplemente su supervivencia: la mayoría no sobrevivían a sus primeros años de vida. Las parejas entonces, que ya contaban con ello, calculaban intuitivamente el número de hijos para garantizarse una progenie que les ayudase luego a sobrevivir a ellos. Es así todavía en muchos lugares del mundo. Nadie les llama «niños a la carta» porque se entiende que todo el que viene a este mundo viene por algo y para algo y a través de la decisión de alguien. Sólo en una sociedad afortunadamente opulenta se nace porque sí.