La vida sigue igual

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

09 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ES CIERTO que cuando ahora escucho esta antigua canción vuelvo a identificarme con la mayor parte de su letra con la misma desesperanza que en la juventud me suscitaba, aunque la experiencia de la vida me ha dado muchos más motivos para sentirla agrandada, porque muchas personas en las que yo confié no me han dado más que desengaños y decepciones. Pero independientemente de este desahogo, lo que anima mi mano al escribir es otro tema al cual bien le conviene el título de la vieja canción. La cuestión, un casual acontecer generado por una de esas miles de paradojas informáticas que nos envuelven, provocó que una de estas semanas se publicara en esta sección un artículo que había escrito en diciembre del año 2003, en el que hacía una reflexión sobre la situación difícil en que España se encuentra. Cuándo abrí el periódico y lo vi me llené de susto: ¿Qué habré dicho? ¿Cómo se entenderá dos años después? ¿En qué lío me metí? Lo leí entre la desazón y la desesperanza y me tranquilicé sorprendido: ¡Si parece escrito ahora! Sólo me faltaba lo del preservativo para estar al día. Su lectura me tranquilizó, pero más aun las abundantes llamadas telefónicas que a lo largo del día fui recibiendo, de conocidos unas veces y de desconocidos otras. Todos se solidarizaban con el contenido que yo mismo, a fuerza de releerlo, encontré más ajustado a la realidad que antes. Esos fueron los hechos objetivamente narrados. También son objetivas realidades tales como la alternancia en el Gobierno, el fin de la primera ofensiva sobre Irak, la bonanza del ciclo económico, el cambio de dirigentes y un largo etcétera. Sin embargo la realidad siguió siendo en el fondo la misma. De ello se pueden deducir dos cosas al menos. Una, la primera. Que aunque haya cambiado el partido político en el Gobierno, los grandes temas siguen siendo los mismos, las amenazas y las oportunidades, también y la falta de repuestas definitivas a las preguntas planteadas, idéntica. Por eso no es extraña la escasa valoración que la mayoría de la sociedad española otorga a la política, porque si pasan los años, si cambian las caras, si se modifican los talantes y los temas de fondo siguen igual ¿qué pensar de la eficacia de los políticos? Siguen enredados en la contienda partidista, una contienda que a todos cansa y a muy pocos nos resuelve los problemas. La segunda deducción es parecida. El divorcio entre la España real y la España oficial es patente. La sociedad, la economía, la modernidad van por un lado y la política, la de los políticos, por otro. ¡Y qué decir de Galicia, donde ya ni hay política sino tan sólo intereses en juego! Pero, hoy como en la canción de ayer, siempre hay una razón para vivir, por qué luchar, sólo que las razones de la sobrevivencia de los partidos políticos y los motivos de la lucha política sólo les interesan a ellos, mientras los de a pie seguimos con nuestras razones para vivir; algunos incluso pensamos que sigue mereciendo la pena hacerlo por la verdad, por la honestidad, por la justicia o por la amistad, aunque sepamos que muchos de los que vengan después también nos engañen como los de antes hicieron. Y pasarán más años que dos probablemente antes de que el artículo que escribí termine perdiendo actualidad. Yo preferiría equivocarme, aunque el azar informático sonrojara la vieja ingenuidad de mis fatigadas mejillas.