EL GENERAL Moshe Dayan, al que Israel debe si no una parte de su historia, sí una buena dosis de su supervivencia, solía decir que la paz no se consigue hablando con los amigos sino con los enemigos. Es lo que han hecho Mahmud Abbas y Ariel Sharon en Sharm el Sheik, no tan lejos de Áqaba, en la costa donde Lawrence de Arabia dijo que entre el desierto y el mar, son las arenas las que marcan el frente y la retaguardia. Ahí se han dado un apretón de manos la vieja retaguardia de Sharon, con el laborismo dentro y la ultraderecha religiosa fuera, y el nuevo frente palestino. No estuvo ninguno de los miembros del invisible Cuarteto de Madrid: Rusia, la UE, la ONU y Estados Unidos. Sí estuvieron Egipto y Jordania, y el mensaje perfectamente dicho y atendido de Siria, así como el no dicho de una mayoría chiíta en Irak que quizá module la influencia de Irán sobre las guerrillas de Hezbolá. No es un problema ni una geografía en la que quepa mucho optimismo ni demasiada confianza en lo que pudiera darse por hecho, pero sí cabe el encadenamiento de una serie de razones medidas en la cercanía y la distancia en que se colocan los ingredientes del conflicto vistos en la panorámica del cese de hostilidades. Los segundos mandatos de las presidencias americanas suelen ser los decisivos, precisamente porque no hay terceros. El apoyo de Bush a Mahmud Abbas, la presencia de Condoleezza Rice en Israel y la misión del general Ward en la mitad de la raya no constituirán hipotecas ni facturas respecto al electorado americano, que no podrá premiar el compromiso de Bush, pero tampoco castigarlo. Jordania y Egipto llevan muchos, largos y duros años trabajando por el apretón de manos en Sharm el Sheik, han sabido lamerse las heridas y cultivar con destreza las cicatrices, tienen a su cargo un singular cerco sanitario bajo la forma de unos acuerdos comerciales que son vitales para la economía de la zona, y la economía sigue siendo -loado sea Dios- la menos estúpida de las razones. Siria está dando cobijo a medio millón de exiliados iraquíes, y demostrando con ello que se puede ser Baazista sin parecerse demasiado a Sadam Hussein, y que el hijo, Bashar Assad, no tiene que ver mucho con su padre, Hafez Assad, que gobernó el país durante treinta incomodísimos años. Un asesor de la presidencia siria señaló hace un par de meses que «o dirigimos el cambio o el cambio acaba con nosotros». Con un poco de suerte quizá no pase mucho tiempo sin que nos pongamos a hablar de la Transición en Oriente Medio. En cuanto a Ariel Sharon, tiene hasta las próximas elecciones, en noviembre de 2006, para cerrar un ciclo político que se le hubiera puesto muy arduo de no contar con el apoyo laborista y la mano izquierda de Simón Peres, llamado por la derecha israelí «ministro de la desconexión» cuando entró en el gobierno para respaldar la desconexión con Gaza y Cisjordarnia. Hace unos meses, Sharon era un hombre aislado. Ahora mismo ha conseguido aislar política, e incluso sentimentalmente, a sus adversarios más emblemáticos: los encolerizados colonos judíos por los que hoy en Israel nadie da un duro.