LA PARTE final de mi último discurso como rector en la inauguración del año académico 2002-2003 tenía como título Construir el futuro . Expresaba una convicción, ahora reforzada, de que nos encontramos ante un punto de inflexión por lo que se refiere a la institución universitaria. Se intuía que una nueva etapa se estaba abriendo objetivamente, que sobrepasaba circunstancias singulares o locales. Reclamaba una nueva política autonómica en materia universitaria. Repensar lo que se ha hecho con la perspectiva de los retos del espacio europeo de educación superior. Citando al entonces secretario de Educación británico, la velocidad de los cambios «no permite quedarse tranquilos con lo realizado». Un primer postulado, casi una obviedad, sería que los objetivos de la política universitaria forman parte de la política global de la comunidad autónoma. En ese sentido, podría avanzarse que aquella debe ser un objetivo prioritario, como factor decisivo del progreso de la comunidad autónoma, más allá de un agregado pragmático del desiderátum de cada universidad. «Es preciso elegir lo que puede contribuir más eficazmente al progreso económico y social del país y, en consecuencia, programar las acciones. La perspectiva no es tanto hacer lo que se puede con unos recursos limitados, sino arbitrar los recursos necesarios para alcanzar los objetivos previstos». Para ello resulta imprescindible realizar el diseño global del sistema universitario y de los objetivos a alcanzar, incluidos los tiempos. Una política autonómica propia elaborada desde la perspectiva del interés general de Galicia, que supere lo meramente transaccional. El plan de financiación plurianual de las universidades públicas requiere, por ello, contar previamente con aquel diseño del sistema, como un todo. El protagonismo de la comunidad autónoma es indudable en los estudios conducentes al grado e, incluso, en el postgrado. Por mucho que se subraye la autonomía de la universidad, la implantación de los correspondientes programas oficiales requerirá informe previo favorable de la comunidad autónoma. En la actual coyuntura el tiempo juega un papel crucial. Adelantarse en la salida -como en las carreras automovilísticas- es fundamental para tomar posiciones de ventaja en una carrera altamente competitiva. No perdamos tiempo esperando a ver en qué va a parar el proceso de Bolonia. Los períodos de transición, como el que va a abrirse hasta el 2010 -en Berlín se ha hablado del 2005- ofrecen una ocasión propicia para maniobrar hábilmente y crear situaciones de hecho, precedentes que no podrán ignorarse después aunque se cambie la vestidura jurídica. Si no lo hacemos nosotros, otros podrán hacerlo. Ha transcurrido casi un año y medio desde entonces. A partir del 1 de marzo del 2005, no se homologarán planes de estudios conducentes a nuevas titulaciones. «El tiempo vale para madurar o para pudrir el fruto; es la distancia que media entre el éxito y el fracaso». El futuro es hoy más próximo.