DESDE HACE unos días la lectura atenta de la prensa me está generando un barullo en la cabeza. Me veo como el hidalgo manchego a punto de enloquecer de tanto leer los periódicos. Pero la culpa no la tienen las páginas escritas sino lo que esas páginas dicen: una campaña europea que no es nada europeísta, una acción política basada en la crispación y en la confrontación constante, una suma de decisiones y proyectos contradictorios en sus motivaciones, y todo ello en el marco de la creciente preocupación por los efectos del cambio climático, posiblemente un tanto exagerados, pero en todo caso de gran trascendencia. Como de ese barullo no logro liberarme pensé en hacer partícipes a los lectores para descargarme de tanta tensión y para prevenir la quijotesca locura. Galicia está hecha un barullo. Por un lado se defienden las industrias contaminantes, las que contribuyen a acrecentar el efecto invernadero y a contaminar nuestros suelos, nuestros cultivos, nuestras rías, porque debemos defender el empleo, dicen. Por otro lado alabamos las energías alternativas, pero con su localización inadecuada se destruye el paisaje y en no pocas ocasiones el ecosistema local. Debe ser el precio del pelotazo. Es ese desarrollismo inculto que tan a menudo practican nuestros decisores políticos el que tanto me exaspera, porque hacen que lo que pudiera y debiera ser compatible se convierta en contradictorio. Otras veces se llenan nuestras desertizadas comarcas de carreteras y autovías mientras la potenciación y valorización de los recursos endógenos, que bien pudieran soportar un modelo de desarrollo comarcal sostenible y duradero, se olvida o abandonan a su suerte. Otras regiones han sabido sacar partido de sus recursos agrícolas, ganaderos y forestales, pero nosotros no; aquí no servimos para generar valor añadido. Mientras, las ciudades siguen apostando por el automóvil, y la alternativa del metro ligero o del tren interurbano siguen cediendo interés ante las autopistas, aunque sepamos que siempre terminan por alcanzar el punto de saturación que las hace ineficaces. En el otro lado, los municipios rurales siguen demandando mayor participación en el cada vez más escaso presupuesto público, sin hacer autocrítica sobre la pertinencia del gasto efectuado, y a la vez reclaman las competencias totales en urbanismo, sin reflexionar sobre las barbaridades que han consentido. No sé que será de nosotros sin él, y ni tan siquiera sin los planes comarcales de ordenación territorial, que hubieran podido ser la más adecuada escala de referencia, como las comarcas las organizaciones supramunicipales más adecuadas. Añadiré aún otro hecho al barullo que me aqueja: la proliferación de puertos exteriores, de puertos deportivos, de piscifactorías, que alteran el litoral y el paisaje, mientras muchas localidades siguen vertiendo a las rías o al mar abierto sus residuos, hasta el punto de que las mismas aglomeraciones urbanas viertan sus aguas fecales sin depurar a un mar que nutre nuestros peces y moluscos. Nuestro aire se va contaminando, nuestra tierra abandonando, nuestros mares contaminando y nuestros paisajes degradando. En medio de este panorama, la falta de autocrítica y, en definitiva, la carencia de proyecto de país, sigue favoreciendo e incluso privilegiando a todos aquellos que creen empleo, que hagan crecer el PIB, aunque a veces se destruyan más empleos potenciales de los reales que se contribuye a crear. ¿Cuándo se convencerán que las más valiosas infraestructuras son las mentes preparadas para promover iniciativas innovadoras? En eso debe residir la competitividad, el conocimiento. Y si no que se lo pregunten a esas empresas gallegas que han logrado alcanzar el liderazgo. Pero para innovar hay que tener un proyecto, porque cuando no lo hay todo se embarulla por la contradicción, el desatino, el oportunismo, y el desarrollismo. Tal vez por eso la lectura de la prensa me embarulle tanto.