ESCUCHO a Durán i Lleida, en los prolegómenos de la sesión del Parlamento catalán sobre El Carmel, asegurar que si se hubieran invertido los papeles, con ellos en el Gobierno y los del tripartito en la oposición, ¡menuda la que se habría armado! Idea semejante me ha venido a las mientes al recordar a Moratinos en el Senado cuando aseguraba que las actuales relaciones España-Estados Unidos son privilegiadas, cierto que con un gran carcajada de fondo. Si lo dijera Gustavo Arístegui de ministro, se escucharía durante horas el tintineo de móviles convocando para que le mantearan por las esquinas. Más allá de que la izquierda y la derecha tienen sus propios sistemas de defensa y ataque, con todas las excepciones que se quiera, sería hermoso trasladar siquiera un día a la política la fiesta de las Águedas castellanas. La máxima transgresión es que aquéllas que habitualmente no mandan nada, se hacen con todo el poder por 24 horas. Llevar a los de la oposición al poder y viceversa, extender quizá las permutas a otros personajes en una u otra situación política. Ese día de las Águedas políticas nos permitiría escuchar en boca de Anxo Quintana las admoniciones de Fraga de los últimos meses. O ver la cara de Aznar, asistente a la reunión de la UE en el lugar de Zapatero, al recibir el saludo como del rayo de Bush. O que fuera Gallardón, en lugar de Carod, quien pidiera con efectos retroactivos retirar el apoyo a Barcelona para los juegos olímpicos del 92. O que José Blanco se expresara como Acebes, Zaplana como Bono -incluso con ese particular ceceo- o Ibarretxe como Paco Vázquez. Un día, un solo día de cambio de posición y discurso. Quizá ellos y nosotros aprenderíamos bastante. Con el único riesgo de que pudiéramos confirmar de manera plástica que en ocasiones cuenta menos la ideología que el BOE. Quizá la conclusión más rotunda y triste podría ser la necesidad de recurrir a los geos para que algunos recuperaran el despacho al que les llevaron los votos.