De la medalla al desamor

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

01 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

JAMÁS una medalla de Galicia fue tan rentable para el terruño como la que le otorgó don Manuel a Cascos en el 2003. Los de la pancarta le armaron una gresca antológica, pero el ministro supo agradecer el gesto del patrón y nos legó, antes de salir del Gobierno, el mayor paquete inversor que se haya visto por estos pagos. Asignó a Galicia una cantidad todavía mayor que la de su Asturias patria natal querida y circunscripción electoral. Cascos cumplía con Fraga a la vez que satisfacía a Rajoy, sucesor venido de Galicia y presidente in pectore de toda España. Después una mente criminal, con absoluta frialdad estratégica, hizo estallar vidas y proyectos con los trenes de la muerte el 11 de marzo. El calendario de Cascos no era electoralista, sino personalista; no estaba destinado a ganar o mantener unos votos, pues ya se daban por garantizados. Lo del Prestige y la guerra de Irak no incidía en las encuestas, todas ratificaban el respaldo gallego. Lo importante para Cascos, que se había vuelto a enamorar, era mantener su estatus en el partido en los nuevos tiempos de ardor; precisamente con una oriunda gallega. Y hete aquí que, al buscar el triplete con Fraga, Rajoy y la nueva familia, impulsó de rondó las infraestructuras gallegas. Al ministro galardonado le sucedió una de las chicas de ZP, algo sosa para ser andaluza. La socialista Magdalena Álvarez mira al sur, al granero de votos de la España bracera subvencionada. Galicia le resulta tierra lúgubre, airada e insaciable, siempre en pie de reivindicación por las obras del Plan Galicia. Desde su propio partido, Touriño y Blanco le piden más obra nueva de cara a las próximas elecciones gallegas; y desde el PP el conselleiro Núñez Feijóo le hace la vida imposible con un marcaje implacable de agravios e incumplimientos. Así Magdalena anda loca y fuera de sus casillas, pierde la compostura y el talante, que es lo último que debe perder una dama de Vogue . Pero Solbes no le da más pasta, ya la gastó con Chaves y Maragall; ahora toca hacer peto para la quiebra de TVE, el socavón del Carmel y lo que pueda venir. No salen las cuentas y Galicia debe esperar. En fin, no nos quiere, le somos un electorado imposible. Ni obras, ni amores, ni buenas razones; sólo desamor.