Talante y maragalladas

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

02 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

AL MODO de darse a conocer de José Luis Rodríguez Zapatero lo llamaron talante , y al de Pasqual Maragall, maragalladas . No deben de ser la misma cosa y quizá no deban o debieran producir consecuencias asimilables, pero sus efectos pueden ser bastante parecidos y perniciosos. El talante de Zapatero consiguió un ambiente atmosférico en el que desapareció la ambigüedad del término a favor de la asunción de que todo talante es bueno o de que ninguno es malo, una horquilla normal en un país donde el significado de las palabras cada vez importa menos, y más de acuerdo se está en que la palabra empeñada importa, en realidad, una higa. Las maragalladas pasaron con la misma calidad de bien la prueba de que podían funcionar como cosa lúdica y función festiva, rasgo de un carácter dicharachero y adorno de una personalidad que no estaba acostumbrada ni muy dispuesta a andarse por las ramas o pensárselo dos veces, cosa también normal en un país donde pensar tan sólo una vez las cosas que uno dice o hace puede conducir al desmayo o al colapso del sistema (sea lo que sea a lo que llamemos sistema y estemos dispuestos a entender por tal). Ambos modos de darse a conocer han llevado a que uno y otro sean perfectamente conocidos por los vecinos del Carmel y los miembros de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. El uno porque decidió que las cuentas de la catástrofe del Carmel había que pedírselas a un maestro armero o a un Andana llamado Tres por Ciento, sentado, a lo mejor o peor, en un escaño inmediato y que, por si las moscas, se levantó como movido por un resorte intestinal, para decirle a Maragall que aquello del tres por ciento se lo iba a meter por donde le cupiera, dando lugar a una escena de sodomización en sede parlamentaria (como se dice ahora) a la que Maragall accedió de inmediato, si bien con cara de circunstancias. El otro porque decidió que para hacer caso a Pilar Manjón no había más remedio que encomendarle las lágrimas hechas dramaturgia a quien se dispuso a meter la pata en cuanto entró a gestionar semejante encomienda con el empleo de Alto Comisionado, que ya es empleo o, a lo mejor, cargo y que, según se apresuraron a decir, carece de emolumentos, olvidando que ese tipo de carencias produce melancolías. Los dos alardes coinciden en que a la hora de establecer diálogos y urdir consensos, lo mejor es dialogar con uno mismo y consensuar las cosas del modo más autista posible, es decir, en la más arropada de las intimidades, con el menor margen para la comprensión de las emociones ajenas y bajo la mayor autoestima a la hora de difuminar las posibilidades de que se haya metido la pata. Es también el modo más adecuado para aglutinar la imagen del político en la percepción del ciudadano puesto en el pellejo del vecino del Carmel o en el desvalimiento de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Es indudable que todos los escenarios son objeto de manipulación política. Como lo es que ante esos escenarios es donde se cuartea la confianza del gobernado en el gobernante. Y sin esa confianza no hay cultura ciudadana, ni cultura cívica ni cultura política. Hay tan sólo un sucedáneo que no funciona ni como opiáceo.