La mujer del quesero, ¿qué es?

OPINIÓN

DA GUSTO oír a un guardia civil (y a cualquier ciudadano) llamar a las cosas por su nombre. Ocurrió ayer, cuando un mando del cuerpo explicaba la operación de fraude televisivo desmontada en Madrid. Era un concurso para papanatas. Resulta que cada vez hay más. Como explicaba el oficial, preguntaban en el programa: «Nombre de varón que se pronuncia después de estornudar», y había que llamar por teléfono (de esos de euro por minuto) para contestar. Los afortunados que salían a antena respondían: «¡Paco!» o «¡Antonio!», y el locutor: «¡No, hombre, no!, qué lástima». Esos afortunados tan poco agudos que salían en pantalla eran ganchos de los trileros que pusieron en marcha este truco, muy productivo por las largas llamadas de los incautos que se lo creían. Parece mentira que en estos tiempos de intercomunicación global aún traguemos semejantes ruedas de molino. Igual es que últimamente nuestros próceres nos tienen acostumbrados, a base de colarnos bolas tamaño satélite. Tampoco es muy comprensible que las grandes compañías de teléfonos admitan entre sus abonados de líneas de alta tarifa a toda esta fauna de chinches y garrapatas sin tenerlos plenamente identificados y controlados. El medio es el mensaje; no se puede negar cierta complicidad. Si la compañía exigiera garantías desanimaría a muchos de estos caballeros de industria antes de que se pusieran a robar con tanto descaro como lo hacen.