EL RECUERDO inevitable del 11-M es una cita para la solidaridad, que ha de expresarse con respeto para el dolor y el cuidado de no removerlo. Pero es algo que trasciende a las víctimas y sus allegados. Causó una herida colectiva, con secuelas que deberían superarse. A lo largo del año transcurrido no parece que se haya actuado en esa dirección. La Comisión parlamentaria constituye una prueba de ese aserto. Lo constató la voz de una mujer que hablaba en representación de otra muchas. La mirada hacia atrás tenía pleno sentido de cara al futuro. Se quedó demasiado enredada en el pasado. Sin acritud, expresando honestamente convicciones, siempre cargadas de subjetivismo, me parece que los dos protagonistas estelares en la Comisión podrían haber aprovechado sus intervenciones para situarse por encima de sus intereses personales. A uno, le falto reconocimiento de que algo, al menos, no se había hecho bien. Al otro, le sobró el ajuste de cuentas. Se utilizó la ocasión para justificarse y para rematar. Hablaron más para sus propias clientelas, que para el interés general. Era el momento de la humildad, más que de la autoafirmación. De la magnanimidad, por quién ha sido favorecido por la fortuna. Algún día tendremos -o aceptaremos- la certeza de lo acontecido en aquellos dramáticos y decisivos días. De momento, de acuerdo con el dicho castizo, «pasó lo que pasó». Conviene, en todo caso, aprender lo máximo posible de aquella inesperada lección, que no figuraba en el programa previsto. Tengo para mí, entre otras enseñanzas, la importancia de los valores en la vida pública. Se comprueba tanto en su presencia, como en su ausencia. Si se ahonda en el por qué del 14-M se topa uno con valoraciones morales. Verdad o no, espontánea o inducida, la movilización decisiva se realizó montada en la impresión de que se había carecido de transparencia en la información. El affaire de Irak no había incidido definitivamente en las elecciones municipales. Si acaso, colaboró en hacer creíble aquella impresión. La traducción en términos absolutos -y quizás excesivos- es que no se había dicho toda la verdad, en todo momento. No parece que se haya aprendido la lección contemplando el tratamiento del accidente del túnel del Carmel. Los afectados claman, con una indignación comprensible, por que se atienda prioritaria y fundamentalmente a resolver, con eficacia y rapidez, los problemas creados. La ética política ha quedado devaluada con el espectáculo en el Parlament. No merece una alta valoración el mercadeo de acusación y de ruptura. Ni tampoco el juicio de inconveniencia por haber mezclado la imputación de comisiones ilegales con la participación en la elaboración del Estatuto. Falta sinceridad y sobra apaño. Quién no valorará positivamente el buen talante y el diálogo. Algo, sin embargo, no funciona cuando una iniciativa a favor de las víctimas del terrorismo, como es el Alto Comisionado, las divide; cuando se desoyen los dictámenes de órganos constitucionalmente independientes. Con un poco más de autocrítica, podría concluirse que quizá no se estaba en la posesión exclusiva y excluyente de la verdad. Los valores han de ser buscados por sí mismos. Han de tener un fundamento real. Pueden ser utilizados instrumentalmente con cierta eficacia. Más pronto o más tarde se descubrirá el artificio y con él, lo que es fundamental también en la vida pública, se erosionará la confianza.