El enigma sirio

OPINIÓN

06 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

DURANTE la guerra del golfo Pérsico que sirvió para liberar a Kuwait de las garras de Sadam Huseín en 1991, Siria se ganó el título de «nación enigmática» con que la distinguieron analistas y corresponsales de prensa que cubrieron informativamente aquella ofensiva internacional. Siria fue en todo el conflicto una pieza incierta, de comportamiento ambiguo pero prudente, que no cometió ni un error en su propósito de no comprometer su influencia en el Cercano Oriente. Desde ahí hasta hoy hay una línea recta, que ha pasado por su ocupación militar de Líbano durante las tres últimas décadas sin que nadie se haya echado las manos a la cabeza hasta ahora. Ni siquiera los libaneses, que venían de una desgarradora guerra civil. De hecho, las tropas sirias estaban allí porque un día se lo pidieron la Liga Árabe y el propio Gobierno libanés. Pero las cosas han cambiado mucho en la zona con la guerra de Irak y la presión estadounidense. Tanto que este sábado, el presidente sirio, Bachar el Asad, no ha tenido mejor opción que anunciar, ante el Parlamento de Damasco, que retirará los quince mil soldados que tiene en Líbano. Ha visto cómo aumenta la campaña internacional contra él y no quiere que Siria pueda acabar convertida en un objetivo militar. Los sirios vieron de cerca cómo la mala cabeza de Sadam Huseín le dio a Estados Unidos la oportunidad y el pretexto para ocupar Irak. Y lo tienen muy presente. Sin embargo, tampoco en esta ocasión ha podido Siria desprenderse de su condición enigmática. El presidente Bachar el Asad ha hablado de un repliegue de sus tropas en dos fases, primero hacia el valle de la Bekaa y después a territorio sirio. Pero no ha dicho cuándo lo hará. Ni ha desvelado si tal retirada incluirá la de sus servicios secretos en Líbano y el desarme de las milicias de Hezbolá, como exige la resolución 1.559 del Consejo de Seguridad de la ONU, propiciada por EE.UU. y Francia, y a la que Siria parece querer dar cumplimiento. Damasco ha hecho esta «declaración preventiva» para conjurar las protestas de la «primavera de Beirut» contra su presencia en Líbano. Pero esta vez quizá deberá apresurarse a cumplir. A Bush no le gustan sus enigmas.