NO ES LO MISMO hablar de despoblación del campo que de desarrollo rural, al menos en Galicia. Esta afirmación tan taxativa viene a cuento por el anuncio público que la Xunta acaba de hacer con ocasión de un anunciado plan de desarrollo rural que tiene como fin primordial, según el anuncio oficial, paliar el creciente y preocupante despoblamiento de nuestro medio rural. Efectivamente son dos aspectos distintos de la misma realidad. El desarrollo rural significa un mejor aprovechamiento de los recursos endógenos y una mejora en la calidad de vida de los habitantes del espacio rural, estando por ello asociado a la generación de valor añadido a partir de los factores productivos existentes, como pueden ser la ganadería o la agricultura y la misma producción forestal. En la primera, que es la base actual de la economía agraria gallega, no hemos sido capaces de avanzar al mismo nivel que otras regiones en la obtención de nuevos productos derivados para satisfacer las nuevas demandas de consumo de la población urbana. La agricultura se ha ido abandonando, salvo en lo que concierne a la viticultura, a pesar de la calidad de nuestros productos de huerta y las ventajas de la agricultura ecológica o biológica que tanto costó arrancar. En lo forestal, el problema es más complejo. Pero en cualquiera de los casos, aunque hubiésemos logrado un aprovechamiento óptimo de esos u otros recursos, las necesidades de mano de obra con las nuevas técnicas son cada vez menores, por lo cual se pueden alcanzar altas cuotas de producción con una proporción reducida de población ocupada. Claro que se puede añadir la industrialización rural o determinadas actividades terciarias, pero eso sólo es válido en regiones muy avanzadas. Por lo tanto, aún alcanzado ese nivel de desarrollo rural, la población del nuevo espacio modernizado sería mucho menor que la actual. Y eso siempre que se hicieran las necesarias reformas estructurales, como por ejemplo la modificación de la ley de sucesiones. El despoblamiento rural, si lo relacionásemos, en función de lo dicho con el ajuste productivo del sector primario en términos económicos, deberíamos verlo como un indicador positivo de modernización. Pero la realidad es mucho más compleja, ya que el fuerte despoblamiento de nuestras parroquias se debe principalmente a razones demográficas y no sólo económicas. Estamos es un país donde el medio rural está poblado por personas de edad avanzada, resultado sobrevenido de tantas décadas de emigración. Esta población tan envejecida, por meras razones biológicas, no puede ser renovada demográficamente, y cuando falte el vacío poblacional será inevitable, porque los posibles sucesores hace ya muchos años que se han marchado. Por eso el desarrollo rural y la despoblación no son dos aspectos equivalentes, aunque sí relacionados. Si queremos repoblar nuestros espacios rurales debemos pensar en otros mecanismos diferentes e imaginativos, porque el desarrollo de nuestros recursos endógenos podría, como mucho, fijar una parte importante de la ya escasa población joven, la que todavía está dispuesta a trabajar el campo. Las actuales transformaciones permiten pensar en nuevas oportunidades, pero para ello hay que insertar la política de recuperación del espacio rural en un verdadero y complejo proyecto de país, que no tiene mucho que ver con una simple asociación de políticas sectoriales o sólo construyendo infraestructuras. Ya lo dije más veces, necesitamos repensar Galicia en su totalidad.