Santa Compaña electoral

OPINIÓN

09 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ESA NUEVA página web de la que habla hoy Xesús Fraga en La Voz, y que pretende inventariar las leyendas y los seres prodigiosos del folclore de nuestro país, está bien, pero la encuentro incompleta. Con todo y ser exhaustiva, me falta un ser mítico al que se refería precisamente hace unos días este diario. Me refiero al personaje del votante difunto del censo de residentes ausentes. El votante-difunto-residente-ausente es un ser que, aunque extendido en el folclore universal, se da en Galicia con tanta frecuencia que llega a componer un porcentaje significativo de la población censada. Más en la línea del Xan das Congostras que en la del trasno cazoleiro , tiene un componente de ficción, pero también una base real. Porque gallegos emigrados, efectivamente, los hubo y los hay, y muchos de ellos votan en las elecciones realmente, y con todo el derecho del mundo, sobre todo cuando están vivos. No hablo de estos. Hablo de los que no cumplen esta última (pero importante) condición de estar vivos, y que a pesar de ello logran que su voto llegue a la urna, en lo que podríamos describir como una variante consultiva de la Santa Compaña. Cada vez que se acercan unas elecciones, como ahora las autonómicas de este año, se nos dice que se va a reformar la ley y echarle un ojo a los censos, esos listados asombrosos que hacen, por ejemplo, de Buenos Aires la ciudad con más centenarios del mundo, o que nos proclaman a los gallegos como la raza más longeva desde los tiempos de los patriarcas bíblicos Abraham y Matusalén. Pero nada: ha vuelto a llegar el día y ahí sigue nuestro pobre censo electoral, plagado de fantasmas incorpóreos que apenas votan por correo se desvanecen, dejando como único rastro la manoseada fotocopia del DNI. Como el Cid, son guerreros que ganan batallas después de muertos, o por lo menos escaños. ¿Está esto mal? En principio parecería que sí, porque mejor que los que eligen el gobierno vivan en el país o, simplemente, vivan. Pero no lo sé. También es cierto que estos difuntos fueron algún día gallegos, y de alguna manera lo siguen siendo, estén donde estén (alguien dirá que quizá más que esos tataranietos suyos que no han pisado Galicia en su vida). Y por otra parte, entre que nos gobiernen los muertos a que lo hagan los que son demasiado vivos, uno no sabe qué preferir.