«ESTAS ELECCIONES significan el fin de la guerra civil», dijo José María Aznar en marzo del 2000, después de ganarlas. Un mes más tarde, el cardenal Rouco Varela afirmaba que en España «sigue habiendo una semilla de guerra». Cualquier castizo podría haber interpretado sus palabras como la voluntad de ser más papista que el Papa, interpretación impertinente, sin duda, porque Aznar no era el Papa ni siquiera en aquellos momentos, y Rouco Varela siempre ha sido humilde en su aspiración aunque de respiración altiva. Más que representar a Cristo como Cristo nos enseña, su respiración hablada estuvo siempre más cerca de representar a la corona de espinas, sobre la que no hay enseñanza. Más que diestro en presentar la otra mejilla, siempre anduvo empeñado en buscar la mejilla ajena por muy distante que estuviera de su elevado ministerio. Ahora, la Conferencia Episcopal Española le acaba de poner en la calle, dicho de una manera tan descarnada como el carácter del encartado. La decisión es ejemplar, sobre todo para los laicos, pues les muestra, por un lado, que las palabras o las mide quien las dice o se las mide quienes le escuchan. Por otro, acredita que hay instituciones que saben poner en el exterior las críticas que se agitan en su interior. Es un alarde de sabiduría, prudencia e incluso de esa caridad que comienza por uno mismo (hasta convertirse en la virtud más compleja, sin parecerlo). De esa peripecia podría tomar buena nota la ejecutiva del PSOE reunida para hablar de las palabras de Maragall, presidente de la Generalitat, criticar el arte más bien rupestre de su estilismo y decidir, en fin, que sus maragalladas han fondeado en los bancos de la majadería. Todo eso a puerta cerrada pero dicho con la voz tan alta y con los canales tan abiertos como para que no haya forma de ignorarlo, pues lo han contado los cronistas y ninguno de los concernidos ha contradicho lo dicho. Ahora, bien, una cosa es lo dicho y otra, lo hecho. Y para anunciar lo hecho estaba José Blanco, que informó «del acuerdo firme de la ejecutiva de apoyar inequívocamente y sin matices a Pasqual Maragall para que siga desarrollando su programa progresista». Al no haber matices ni margen para el equívoco en un apoyo tan firme, hay que suponer que entienden la petición de vaselina para quien se siente como una mujer maltratada y explica tan lastimosa condición aludiendo a un comportamiento de las derechas en la guerra y en la paz según el cual, las izquierdas son y han sido, en las mismas condiciones actuales e históricas, como el vuelo salutífero del Espíritu Santo. Claro que también se puede entender a Blanco como si estuviera declarando que Maragall es idiota pero es nuestro idiota. Puede ser que desde el punto de vista de la ejecutiva del PSOE haya cosas que no se deben decir para que se entiendan en toda su plenitud. Esas cosas no dichas para que mejor se entiendan, tienen su simetría en las cosas que no se han de firmar para que queden bien claras. Y el PP no firma las conclusiones de la comisión del 11-M. Si el PP piensa y siente en su interior que la comisión ha buscado menos la verdad que la culpa, es coherente que no ponga fuera lo que no existe dentro. No hay consenso, pero quien lo haya querido que tire la primera piedra.