LAS ELECCIONES gallegas serán muy diferentes de las que han tenido lugar en estos últimos años. Concurren circunstancias que lo confirman. En primer término, es inexcusable reconocer que la edad del candidato del Partido Popular, el actual Presidente de la Xunta, constituye uno de esos elementos diferenciales. Independientemente de su salud de hierro que, como a cualquier persona es deseable que se mantenga, ha de reconocerse que un candidato de ochenta y tres años para un período de cuatro años es algo inusual, aunque se busquen precedentes. En las dos elecciones anteriores ese dato no era significativo. La candidatura operaba, además, en el contexto de un declarado "Gobierno amigo" en Madrid. Todo eso es ya pasado. Es posible que la maquinaria del PP no haya disminuido la potencia que le permitió ganar por mayoría absoluta, la única que le garantiza conservar la Xunta. Y puede admitirse que las tensiones internas, afloradas hace meses, no hayan hecho mella en su funcionamiento. Desde ese punto de vista utilitario habrá que anotar, sin embargo, la pérdida de la Diputación provincial de A Coruña. Dejando las primeras elecciones, nunca se habían planteado tan abiertas como las próximas. No se trata de unas elecciones más. Tienen algo de dramatismo. Más allá del obligado optimismo que han de poseer y transmitir los candidatos, la materialización de una alternativa se encuentra en el ambiente. A su verosimilitud contribuye lo sucedido el 14-M del año pasado en las generales. La idea central que va a presidir las elecciones gallegas será la del cambio. Programas y actores estarán condicionados por ella. Algo que se resiste al mero cálculo de la razón va a jugar un papel importante, llámese carisma, imagen y tensión emocional, espontánea o procurada. Frente al cambio, como mudanza en la Xunta, que representarán el PSdeG-PSOE y el BNG, el PP ofrece continuidad. El pulso está servido. De un modo lógico, el planteamiento que acaba de esbozarse coloca al PP en una actitud defensiva, por muy valioso que sea el programa electoral, que siempre será menos audaz que el de los aspirantes. Aunque fuera muy agresivo, se tratará de comprobar la capacidad de resistencia. En términos coloquiales, lo que va a verificarse es si se echa a Fraga o si Fraga aguanta, como cuando ganó Aznar frente a González. Si el cambio será la fuerza motriz de las próximas elecciones, parecería congruente que el PP la tuviese en cuenta. En las elecciones se vota, no tanto por lo que se ha hecho, como por lo que se espera que puede hacerse. El electorado va a medir cuánto cambio es capaz de introducir el PP en su oferta. Abarca personas, procedencia, programas, mensajes, estilo, pensando no sólo en el día de la elección. Se elige para cuatro años. Quizá no sea suficiente con la marca y los efectivos del partido. En esta ocasión, la ola no parece que venga a favor del PP, como en otros años. Por eso, no basta con poner a punto una maquinaria. Existe un electorado ajeno a su influencia. En esa franja, en la que se encuentran también votantes no habituales y estimulables, va a fraguarse la victoria o la derrota. La renovación de un ciclo o su final. Nada menos.