Para ajustar Galicia

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

BARCIA

23 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LAS NOTICIAS que desde unos meses a esta parte nos llegan no son nada alentadoras, nada esperanzadoras, nada optimistas con respecto al futuro de Galicia. Cierto que hemos mejorado mucho, y que cuanto más lejos vamos en la comparación el balance se agranda, hasta llegar a ser sorprendente, porque avanzamos más en los años de la democracia que en seculares etapas de estancamiento, caciquismo y atraso. La pobreza, el hambre, el analfabetismo, las emigraciones masivas, son aún demasiado cercanas, y en algún sentido todavía siguen presentes, porque la modernización total aún no la hemos alcanzado. Así, la comparación nos parece casi un milagro. Y lo es si no fuera porque ese progreso es común a todas las regiones de la Unión Europea, de modo que no hemos hecho más que engancharnos al carro del progreso, aprovechando, no sé si bien o mal, la ingente cantidad de dinero que Europa nos aportó. Pero si miramos hacia fuera el panorama se ensombrece un poco, al fin y al cabo todavía seguimos a la cola del desarrollo de las regiones europeas, y el previsible ascenso depende más de factores demográficos y de la convergencia estadística que del crecimiento de nuestra propia economía. El caso es que pasada la etapa de ajuste, ahora nos toca posicionarnos en un sistema regional mucho más competitivo, con menos subvenciones y cada vez menos proteccionista. Y en esto reside el quid . Muchos problemas estructurales siguen sin resolverse, y algunas medidas para su corrección no fueron otra cosa que parches coyunturales. Los datos diarios nos lo recuerdan: no hay suelo industrial para las empresas, la precariedad del empleo juvenil es excesiva, nuestros tradicionales empleos no se adaptan a los intereses de una población más formada y educada en una sociedad urbana, el paro sigue creciendo, los trabajos cualificados hay que buscarlos en grandes ciudades de fuera, seguimos asistiendo a una emigración selectiva de nuestros recursos humanos, el crecimiento de nuestros sectores industriales y terciarios se va debilitando, la sociedad envejecida demanda servicios sociales que no están bien organizados, ni tampoco la sanidad ha logrado resolver sus déficit habituales. Es el retrato diario de una región en difícil proceso de ajuste. Las respuestas políticas siguen abundando en un modelo de desarrollo económico aparentemente fracasado, en políticas subvencionadoras que ya sabemos son ineficaces, y en proyectos infraestructurales contradictorios. Mientras, se invierten importantes cantidades en actuaciones superfluas, como la Ciudad de la Cultura, la multiplicación de campos de golf, de puertos deportivos, de recintos fériales, de grandes equipamientos redundantes, o de autovías no justificadas por la demanda. En contraste, importantes y competitivos grupos empresariales sobresalen de la monotonía de nuestro ritmo desarrollista, llevándolos a las clasificaciones más codiciadas del éxito en los negocios, de modo que entre los diez más ricos de España, tres son de A Coruña. Son los contrastes de una región mal estructurada, de una sociedad en desarrollo. En octubre tendrán que revalidar su éxito también los políticos, pero sea cuales fueren los resultados, está claro que el continuismo en el modelo actual sería un error, y que el modelo del cambio tendrá que saber concretar propuestas creíbles, eficaces y adaptadas a las demandas reales para efectuar con éxito el ajuste inacabado. Por ahora no pasamos de entelequias y descalificaciones mutuas. No quisiera para Galicia la confrontación estéril, crispadora, desalentadora e ineficaz que en otros ámbitos políticos se aprecia. Quisiera un marco solidario de cooperación en el que los intereses del país pudieran estar por encima de los afanes partidistas, aunque sólo fuera por una vez. La Galicia de los gallegos por encima de la Galicia de los partidos. ¿O pido un imposible?