ENTRE 1982 y 1988 tuve la fortuna de vivir en Roma y ejercer de periodista. En la capital italiana crecieron mis cuatro hijos y en ella conocieron a Juan Pablo II, de quien el segundo recibió la primera comunión y las otras tres descansaron en sus brazos cuando las tomó en alguna ceremonia religiosa o visita pastoral como obispo de Roma a las iglesias que salpican el entorno de Piazza Navona. Estos días, cuando la vida de Karol Wojtyla, el cardenal polaco, arzobispo de Cracovia, el pontífice que vino del frío, se apaga serenamente, he mirado las fotografías de esos años y de esos hechos que guardo en álbumes y marcos. Me he fijado en la cara del Papa, en su cuerpo erguido y firme a pesar de las secuelas que le dejó el atentado que sufrió en 1981 en la plaza de San Pedro a manos del turco Ali Agca, por encargo indirecto de los servicios secretos comunistas. Me he fijado en sus robustos brazos y en sus largas manos, en sus ojos y en su mirada, y he comparado esas imágenes con su última aparición pública, esa en la que no pudo hablar a los fieles a pesar de los esfuerzos agónicos que hizo desde el balcón de sus habitaciones privadas. Entre unas y otra, el tercer pontificado más largo de la historia: un millón y medio de personas recibidas individualmente (387.000 en audiencias generales de los miércoles, 140.00 en audiencias particulares, 368.000 en ceremonias litúrgicas y 617.000 en el Ángelus de los domingos); 426 jefes de Estado, reyes y reinas, 187 primeros ministros y 190 ministros de Asuntos Exteriores recibidos en audiencias, 642 embajadores que le presentaron cartas credenciales; 104 visitas pastorales fuera de Italia y 146 dentro: más de un 1,3 millones de kilómetros recorridos, lo que representa casi 29 veces la vuelta a la Tierra y tres la distancia de la Tierra a la Luna; 133 países visitados, la mayor parte de los cuales recibieron por primera vez a un pontífice. Ha escrito 14 encíclicas, 13 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones apostólicas, 42 cartas apostólicas y 28 motu proprio . Ha proclamado 1.320 beatos en 143 ceremonias de beatificación y canonizado a 472 santos. Ha convocado nueve consistorios para la creación de cardenales y ha nombrado a 232. Ha dictado más de 20.000 discursos y sufrido ocho operaciones quirúrgicas, en una de las cuales le quitaron 2,5 metros de intestino. Ha sido el primer papa en visitar una sinagoga (la de Roma) y una mezquita (la de los Omeya, en Damasco); ha visitado Tierra Santa; ha publicado libros de prosa y de poesía, cinco de ellos de carácter personal, es decir, no magistral; ha añadido cinco nuevos misterios al Rosario; ha convocado una Jornada de Perdón; ha sido el primer papa que ha entrado en la celda de una prisión al encontrarse en diciembre de 1983 con Ali Agca, en la de Rebibbia, y el primero en celebrar misa en la comunidad católica más al norte del mundo, a 350 kilómetros del Círculo Polar Ártico, en Tromso, Noruega. Y una curiosidad entre mil, Juan Pablo II ha utilizado una letra, la M de María, en su blasón papal, cuando normalmente las reglas de la heráldica autorizan a emplear palabras alrededor del escudo, pero no dentro de él. Toda esta inmensa labor, toda esta frenética actividad, la defensa a ultranza de la dignidad humana, de la paz y de la libertad; su oposición a toda guerra, ha sido el Camino de esperanza . El que ha quedado reflejado en su rostro, el que separan ambas imágenes. Los jóvenes lo echarán de menos. Es su líder.