SI ALGUNO o varios e incluso muchos de ustedes viajan a Francia estos días y sienten trepidar el suelo bajo los pies, no se llamen a engaño. Es que trepida. Pregúntenle a Chirac, que es uno de los que más saben de Francia, y les dirá que oui . Es un experto en trepidaciones y un artista de la pirueta. Más le vale con lo que se le viene encima. Hace unas semanas, el semanario Libération perdía los modales que raramente exhibe y se entregaba a la vehemencia: «Hoy han abierto los cofres que ayer nos dijeron que estaban vacíos, así que hemos de dar la razón a todos los numerosos sindicalistas que entienden que ya no es el momento de discutir las cosas serena y fríamente, y que el diálogo social es una vergüenza a menos que se llegue a la mesa de negociación con las pistolas cargadas». Fuerte, ¿no? La cosa es que casi un millón de funcionarios se habían lanzado a la calle pidiendo mejores salarios. El Gobierno mantuvo el pulso durante tres días y al tercero decidió que le salía más oneroso prolongar el follón que meterle mano de nuevo a un déficit por cuya desmesura nadie le va a sacar los colores, según se ha podido comprobar. Es una manera de afrontar los problemas perfectamente relacionada con la creciente simpatía de Jacques Chirac por los antiglobalistas, su meticuloso distanciamiento de los Estados Unidos, su abrazo con los ecologistas y sus bien medidos gestos hacia un Tercer Mundo cuya pobreza califica de «inaceptable» mientras le sigue colocando unos excedentes de grasas por los que el consumidor francés le colgaría de los pulgares si los viera en sus mercados. ¿Se merece un hombre con tal talante un reproche tan grueso, una amenaza tan escasamente velada como la que le lanza Libération en su intento de que se ponga estupendo el trabajado francés? Pues puede que si y puede que no. La cuestión no es exactamente esa, sino lo muy bien que Libération conoce a Chirac. Chirac también conoce a la izquierda. Lleva cuarenta años estudiándola, desde que se inició en la derecha gaullista hasta que decidió ser el hombre que podía hacer un poco por la izquierda a cambio de que la izquierda haga algo por él o no haga todo lo que puede hacer en su contra. Jacques Chirac se lo juega todo junto con su prestigio puesto en las nalgas de la Constitución europea, que es donde la izquierda le puede arrear un notable puntapié con su no al referéndum. La izquierda francesa entiende que esa Constitución arropa a Francia con una manta que deja al trabajador francés con bastante culo al aire. Y Chirac está dispuesto a demostrar que él puede abrazar esa Constitución y colocarla a la izquierda del un tanto estupefacto Gerhard Schröder y del bastante taimado Tony Blair. Cuenta para ello con José Luis Rodríguez Zapatero, al que presenta como un auténtico socialista, y esta es la única verdad de todo cuanto dice Jacques Chirac, dispuesto a abrazarse a un oso con tal de salvar el pellejo y dejar como están las cosas que podrían ponerse peor. Describir su comportamiento es entretenido porque resulta espectacular tanta sensibilidad y talento en la voltereta. Criticarlo es harina de otro costal. El centro que representa Chirac puede mirar a la derecha o a la izquierda. Lo que no puede es contemplarse el ombligo.