Sin liderazgo moral

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

06 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EN UNA mañana soleada del invierno gallego. Pasó un mes y medio desde el día en que paseaba por la tersa orilla del mar de Arousa. Me acompañaba un antiguo y estupendo amigo, catedrático de una universidad madrileña y avezado estratega. Hablábamos del Gobierno. Y decía: «Es un enorme error estratégico que el presidente esté enfrentándose a los dos grandes líderes mundiales, no parece que haya medido bien sus fuerzas o de lo contrario demuestra que es un ingenuo y carece de buenos asesores». Uno de esos dos líderes era el Papa, a quien mi amigo le asignaba el papel de liderazgo moral del mundo, con una fuerza e influencia que iba mucho más allá de su potestad con respecto a los católicos. Y ésta era la opinión de mi buen amigo, que por ser de un reflexivo agnóstico, de un espíritu liberal inquieto, adquiría para mí mayor valor. No pude evitar que estos días me viniera esta anécdota a la cabeza. Y con ella mis recuerdos de otros tiempos, de aquéllos cuando la Europa del Este era todavía comunista; de aquéllos cuando viajaba asiduamente a Polonia, donde conocí a líderes del movimiento liberador polaco; de aquéllos cuando un profesor de Cracovia me envió un crucifijo para que rezara por los polacos en la ofensiva que iniciaban. Lo guardo logicamente colgado de la pared, donde pueda seguir mirándolo. Era la otra teología de la liberación. Eran tiempos de ideales, tal vez el fin de un mundo con ideales capaces de movilizar a las personas y a las masas en pos de intereses filantrópicos, del esfuerzo sin mengua para construir un mundo más libre, más justo, más humano. Eran tiempos en que los discursos de Juan Pablo II constituían un alegato intelectual, y filosófico que podían servir de base a una nueva manera de entender los problemas de los hombres que al fin y a la postre son los problemas del mundo. Y hoy, a pesar de los años transcurridos y de mi ine-vitable y grato envejecimiento temporal, sigo añorando un nuevo ideal que sea capaz de elevar este sociedad individualista, materialista y egoísta que está rompiendo todas las redes de organización y estabilidad personal y social, sin aportar otras soluciones alternativas, generando así una sociedad inestable, confusa y atormentada. Inevitable resulta que, imbuido en el recuerdo, no vengan a mí memoria otras escenas de mi vida tan directamente relacionadas con el Papa polaco. Recorriendo mi casa, miré aquella fotografía en la que recibía su bendición en mi frente, aquella caja de cristal donde guardo el rosario de nácar que el mismo Papa me regaló sacándolo de su bolsillo, después de haber rezado el fin del misterio, y en otro lugar su bendición pontificia con ocasión de mi matrimonio. Son demasiados recuerdos vividos. Y como yo, muchos ciudadanos guardan escenas simbólicas en su historia personal. La huella del Papa sigue viva, y el mundo necesita que siga viva, porque, como mi amigo decía, él era el líder moral de la sociedad del siglo XX, al que tanto los católicos como los agnósticos respetaban, valoraban y escuchaban, en lo que se refiere a los valores cristianos de fondo sobre los que sigue siendo posible construir esa sociedad que todos, incluso los que no lo saben, estamos deseando, y que algunos pudimos vislumbrar de su mano. El mundo se ha quedado huérfano de liderazgo moral.