Mónaco

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |

07 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

MÓNACO es Marbella con sangre real. Mónaco está colgada de un acantilado y por sus calles cabalgan, a veces, los corceles de la Fórmula Uno. Montecarlo tiene un Casino en el que, para saltar la banca, hacen faltan siete Martini muy secos y mucha suerte. Rainiero se ha muerto y va en Rolls por la laguna Stigia, con Caronte bogando hacia el más allá. Mónaco era un cuento de hadas. El príncipe se casó con la corista más guapa de Hollywood y tuvieron principitos. El principito salió rana y no quiso casarse ni tener hijos. Y las principitas han tenido tantas parejas que casi hemos perdido la cuenta. Setecientos años de Grimaldis y los últimos cincuenta los hemos vivido como si fuesen de la familia. Sólo la familia real inglesa les gana para el título de familia Adams de la aristocracia. De Carolina y Estefanía estuvimos enamorados. Hasta que creció Carlota y superó a su madre. Las chicas tienen un espejo que admirar: el de Andrea. Si Alberto no espabila, Andrea sería su sucesor. Un nuevo príncipe de Mónaco huérfano de Casiraghi, el ángel rubio que murió a mil por hora en una fuera borda. Mónaco bombea dinero de las cloacas y, en sus puestas de sol, es obligatorio ir de etiqueta y aplaudir. cesar.casal@lavoz.es