En tierra desnuda y en silencio

| JORGE DEL CORRAL |

OPINIÓN

08 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

JUAN PABLO II yace desde ayer en tierra desnuda, sin sarcófago y bajo una lápida sencilla, en la cripta de las Grutas Vaticanas, junto a los cuerpos de otros 147 papas y en el mismo lugar privilegiado, cercano al apóstol san Pedro, que ocupó Juan XXIII hasta que fue proclamado beato y trasladado en el 2001 a uno de los altares de la basílica. En el féretro de ciprés forrado de terciopelo carmesí donde reposa Juan Pablo II, cubierto por un velo blanco, se ha introducido una bolsa de tela con las medallas del pontificado, un cilindro de cobre que contiene un pergamino con su biografía y la mitra papal. Siguiendo la tradición, este ataúd está dentro de otro de zinc y plomo de cuatro milímetros de espesor, que a su vez ha sido introducido en un tercero de olmo barnizado. Por encima de los tres, la tierra y la lápida con una cruz y la inscripción Johannes Paulus II / XX V MCMXX - II IV MMV . Y en torno a todo ello, un silencio profundo al que no llegan los ecos que aún resuenan en la plaza de San Pedro de los cánticos y las oraciones que millones de fieles han entonado ininterrumpidamente desde el sábado pasado, a las 21.37 horas, cuando se comunicó la muerte de una figura universal que luchó incansablemente por la dignidad humana. Nadie es capaz de calcular la marea de millones de peregrinos que han acudido a Roma -¡qué ejemplo de civismo han dado! y qué espíritu de colaboración y respeto el de los romanos; ¡bravo Roma!, ¡bravo Italia!- para ver un instante al Papa y asistir después a sus exequias, junto a doscientos jefes de Estado y de gobierno. Muchos lo habrán hecho dominados por los sentimientos televisados que caracterizan nuestra época global y mediática, sin que en ellos quede vacío alguno, pero otros, los más -jóvenes, maduros y ancianos-, que sí notarán la ausencia, han sufrido incomodidades y hasta penalidades por fe y porque amaron a este Papa como padre y como ejemplo de coraje y coherencia. El homenaje planetario que han dado a quien hizo de la vida, la libertad, la paz y la cruz las grandes señas de su largo papado quedará reflejado en los anales de la Historia. Como quedará la cicatería de este Gobierno de pitiminí que preside ZP, declarando un solo día de luto oficial por la muerte de un Papa que visitó España cinco veces, ¡cinco!, y la grosería de la decena de diputados de los partidos del tripartito catalán -que tantos días de gloria está dando-, que se quedaron sentados en sus escaños durante el minuto de silencio que se guardó en el Congreso en memoria del Pontífice (los necios fueron Joan Puigcercós, Joan Tardá, Agustí Cerdá, Rosa María Bonás y Jordi Ramón -ERC-; Montserrat Colldeforns y Elisenda Malaret -PSC-; Ángel Pérez -IU-, y Joan Herrera y Carme García -IU-ICV). España, Santidad, es así.