EL TERRORISTA actúa violentamente pero no es un impulsivo, calcula minuciosamente su acto. El terrorista proyecta en algo exterior: en otro sujeto, en otro pueblo, en otra civilización, el mal que lo habita. El cálculo, su modus operandi , deja una huella. Es lo que permite a la policía investigar la posible autoría del atentado. Pero un terrorista, por mucho que se diga, no es un criminal como los demás. Necesita ampararse en la bandera de un ideal para justificar su acción, para que adquiera para él y los suyos un carácter heroico. «Imposible pensar después de Auschwiz», escribía T. Adorno. Éste es el efecto del terror: el horror. El horror produce parálisis, vértigo, porque nos aboca al límite de lo humano. El horror nos conduce a la incredulidad, de la que salimos con la condena del acto. Esta condena, siempre necesaria, no debe funcionar como un adiós a entender. La dificultad para entender es aun mayor, para nosotros, cuando se trata de un atentado suicida, cuando el sujeto para destruir al otro se destruye a sí mismo. Es cierto que existen razones políticas y sociales que ayudan a explicar este fenómeno. Es cierto que, en el Próximo Oriente, se oye decir: «No nos pueden matar porque ya estamos muertos». Es cierto que la promesa religiosa de felicidad puede facilitar el paso al acto del terrorista suicida, pero nunca podemos olvidar que el acto es singular: es de un sujeto. Frente al acto terrorista, toda posición humanista encuentra su tope. Al declarar inhumanos estos actos, dimitimos de la necesidad de entender que humano es todo lo que hace el hombre y que no es posible un exterminio del mal. ¿Existe una posibilidad de rectificar para el terrorista? Muy escasa. Recordemos a W. Faulkner cuando decía: «Confíen en las malas personas: no cambian nunca». El terrorista está dominado por el odio: por eso no es un sujeto alegre. Cumplido su acto se sentirá maníaco, pero no es un sujeto alegre. No es alegre porque tiene que defender, en todo momento, su diferencia frente al otro sentido como igualador y exterminador de su particularidad nacional, religiosa o cultural. El terrorista se construye un otro que atenta contra su libertad, pero renuncia a saber sobre su tirano interior: sobre el mal interno que es en realidad, aunque no lo sepa, el auténtico objeto de su odio. El terrorista siempre se postula como héroe de la libertad frente a algún tipo de opresión. Pero, si tanto ama la libertad, ¿cómo es que siempre se integra en alguna organización de tipo estalinista? El terrorista proyecta el mal en el otro, pero esta operación no es una operación lograda, ya que su mal interno no es eliminable. Por eso, matando, se mata. Por eso, «luchando por la libertad», acaba encarcelado. Así la proclama «libertad o muerte» siempre supone el triunfo de la muerte porque, cuando oprimido y opresor coinciden, no queda más opción que la solución suicida.