LA SEMANA que termina estuvo marcada por la figura del ya enterrado Juan Pablo II. Las inmensas colas para despedirlo en la basílica de San Pedro rebasaron todas las previsiones. Muchas horas, apiñadas decenas de miles de personas, para pasar apenas un minuto ante el cuerpo del Papa difunto, revelan un sentimiento profundo en quienes las vivieron con un notorio sacrificio personal. Habrá matices. No es difícil deducir el que deriva del patriotismo compartido, o el que procede de la cercanía física de tantos años a los italianos, a quienes ganó en su primera aparición pública desde un balcón de San Pedro, pidiéndoles su ayuda si cometía algún error al emplear su lengua. Habría mucho de agradecimiento por el ejemplo de una vida, tan despreocupada de sí misma, como volcada hacia los demás, cualquiera que fuera su circunstancia. También, en dignatarios de países, por el respaldo a causas justas por las que luchan. Y tampoco será descartable que se mezclase en el sentimiento, que nunca tiene límites acabados, una suerte de desagravio, porque no se hizo caso a lo que, con claridad y hasta energía, proclamó sin cesar. Pero, en lo sustancial, los sentimientos de millones de personas, que han seguido en todo el mundo estos días las honras fúnebres, hunden sus raíces en lo religioso. Se ha cerrado una etapa. A un Papa sucede otro. La vida sigue. El sentimiento se irá aligerando, aunque el recuerdo persista. Tenemos de ello experiencias, personales y compartidas, en la desaparición de un ser querido. ¿Qué quedará de lo vivido en estos días, que alcanzan el rango de lo histórico, como se ha repetido en los medios de comunicación, con unanimidad universal? Por su dimensión, que han certificado multitudes populares y una concentración extraordinaria de representantes políticos y religiosos en el funeral del viernes, parece que debería tener una proyección superior a lo efímero. Para empezar, habría que levantar acta de que el funeral unió, transitoriamente, a contrarios políticos, a creyentes de diferentes religiones, a quienes no manifiestan ninguna de esas creencias. Se han estrechado manos distantes. Habría que pensar si todo esto no debería conducir a ver cómo podrían incorporarse a la vida personal y colectiva los valores que se han reconocido en Juan Pablo II. Habría que reflexionar sobre su atractivo entre gente joven, que se sintió «contra sistema» con el mensaje que le transmitía. Acaso, porque no rebajaba la calidad de lo que ofrecía, por la coherencia y autenticidad. Los asuntos, a los que hemos de enfrentarnos, permanecen y esperan nuestra respuesta. También los problemas de la humanidad a que pertenecemos. Cobran de nuevo su auténtica dimensión, aunque los domésticos hayan empequeñecido su imagen. Es la grandeza de lo ordinario, de lo cotidiano si se prefiere. Pero lo vivido podría ayudar a enfocarlo mejor. ¿Sería exagerado sostener que el hecho religioso debería ser tenido más en cuenta por quienes tienen responsabilidades públicas en un Estado que no se define confesional? Juan Pablo II fue un hombre de una profunda vida interior, como muestra su testamento: la última enseñanza. Fue, así mismo, un hombre de una acción extraordinaria de la que todos tenemos constancia. A esa acción invita desde el título de uno de sus libros, haciendo eco de las palabras de Cristo «levantaos y vamos». Pueden ser dirigidas a todos -gobernantes y ciudadanos- para trabajar por un mundo mejor, empezando por lo que es más próximo. Hoy no deseo concretar más.