Derecho a decidir, ¿qué?

OPINIÓN

13 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

MIENTRAS saltaba de cadena en cadena, llenó la pantalla la imagen supergaláctica de un Ibarretxe cada día más cósmico y menos terrenal. Decía: «Lo único que queremos es que los vascos podamos decidir nuestro futuro». Esta mañana, al otear los titulares de prensa, paré la vista en una columna breve que se enunciaba así: «CiU reclama el derecho de la nación catalana a decidir su futuro». Y yo, por aquello de que Galicia también era una nacionalidad histórica, hice una súbita reflexión: ¿Y Galicia, no quiere decidir su futuro? Y si tuviera que hacerlo, ¿qué futuro decidiría? Para los populares probablemente se centraría en el llamado Plan Galicia (de infraestructuras, naturalmente); para los socialistas, en evitar que Fraga siga reclamando y que el candidato gane las elecciones; y para los nacionalistas, superar el trauma en que permanentemente está instalado. ¿Y Galicia? ¿Cómo es la Galicia del futuro que nos presentan? Y los gallegos, ¿qué Galicia queremos? Un vacío esencial que llegó a asustarme obtuve como respuesta. Entonces, ¿para qué vamos a querer decidir nuestro futuro si no sabemos qué futuro queremos? Aquí hace ya bastante tiempo que el futuro se construye sobre la base de intereses, de ansias desmedidas de poder y de enriquecimiento, de ideas rutinarias de consultoras mercantilistas, estudios para pagar favores y fidelidades, de ocurrencias coyunturales. Aquí hace tiempo que no hay ideas. En el mejor de los casos se reúne a un grupo de expertos o especialistas (a veces también a mí me toca) para que escriban un tomo, un compendio de ideas, pero que no dejan de ser eso, una madeja, la más de las veces embarullada, de ideas reiteradas. Más aún, cuando comparo estudios, planes, libros y cosas al estilo, observo que las mismas ideas se repiten desde hace años. Mientras, lo importante para los que gobiernan es hacer muchas cosas, invertir mucho, gastarlo todo, moverse mucho, inaugurar muchísimo, cansarse tanto que al final la fatiga elude al pensamiento. Falta un proyecto de país, un escenario de futuro, una idea selectiva capaz de encadenar las otras, y esa idea sólo la puede generar el mismo que dirige el país, porque sólo el que cree en lo que dice podrá hacer bien lo que haga. Algo de esto ocurre en todas partes, incluyendo a España, pero a mí me interesa mí país, mi pequeño país. No sé lo que pensarán mis paisanos. ¿Cuál es la Galicia que los gallegos queremos? Cómo han de ser las ciudades, las comarcas, que sus ciudadanos quieren. Las encuestas ya las conocemos: preocupación por el paro, el déficit sanitario, el empleo precario, la necesidad de seguir emigrando, las carencias de los mayores que son más cada día, los problemas de los jóvenes que son menos cada día, las preocupaciones de los empresarios, de los ganaderos, de los pescadores, de los comerciantes, en fin de todos. ¿Cómo vamos a avanzar hacia la democracia participativa para superar el déficit democrático que tenemos, si a veces parece que algunos tienen miedo a las ideas, a la libertad de opinión y de expresión, a la participación misma? De verdad que estamos muy mal, aunque se construyan carreteras, autovías, trenes rápidos, o puertos. No, no es eso, nuestro problema es la falta de ideas, sobre todo de una sola idea, la idea de país. Tal vez en la Galicia de hoy las ideas sean menos rentables que los intereses, pero en la de mañana seguro que no será así.