AHORA TOCA polemizar sobre el debate que, según la posición inicial de Fraga, nunca existirá. Es una discusión baladí, porque un debate como las circunstancias actuales configuran, el remedo de un circo romano en el que habría leones y no sé si algún cristiano, pero en cualquier caso no tendríamos razonamientos sino exabruptos, sería más de lo mismo. Para que, en línea con la campaña agotadora (especialmente para el ciudadano) que llevan a cabo los candidatos, descarguen más hormonas que programa, sea bien muerto el debate antes de nacer. Hay alternativas con tanto o más atractivo, no impulsadas desde los partidos. Ruedas individuales de los aspirantes con periodistas independientes, quizá en una televisión también independiente. O comparecencias ante un público aleatorio, para someterse al fuego graneado de todos, sin cortapisas. Sin entrar, y dado el mimetismo reinante, en el nuevo estilo impuesto por Zapatero y Rajoy, que se escriben cartas como novios a punto de dejar de serlo. Si en un debate, una rueda o un careo el papel de los asesores puede suplantar la categoría del personaje que da la cara, en esta política epistolar es más grave todavía: el negro puede ser hasta un premio Cervantes, que nos cautive con su pluma y tape las miserias del abajo firmante. No me atrevo a vaticinar si tendremos o no debate en las autonómicas gallegas. La tradición dice que el fuerte se hace siempre el remolón y generalmente, si cede, es porque ha empezado a encontrar su punto de debilidad, que aspira a superar por el lindo sistema de masacrar al contrario. Pero reitero que para llegar al debate, que sería como la carrera universitaria de la política electoral, hace falta cubrir antes varios estadios previos. Lo primero que habría que dar por liquidado es este período infantilista y zafio en el que más insulta, que no el que más pita, capador. Lógicamente, tal comportamiento nos duele, además de que sólo nos sirve para encontrar el sustituto de Javier Sardá, que no el de Fraga.