El futuro en juego

OPINIÓN

30 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LAS ELECCIONES gallegas trascienden el ámbito autonómico por diferentes razones. Porque de su resultado depende que continúe la marcha triunfal del presidente Rodríguez Zapatero o se detenga, al menos, momentáneamente. Constituyen una pieza más, y de especial significado, en la táctica implacable de acoso y derribo que viene practicando con el Partido Popular. Cualquier fórmula es posible para salir del laberinto vasco, menos contar con los populares. Aquí, son los directos rivales a derrotar. Los nacionalistas son aliados, tan naturales como necesarios, pese a la divergencia. Son trascendentales para Mariano Rajoy, en orden a consolidar su liderazgo. Lo son para el comienzo de la ardua tarea de reconquistar la Moncloa, como ha declarado el presidente Fraga. Lo son para éste, que ha realizado una apuesta que podría calificarse, según se mire, de valiente, audaz, arriesgada. Sólo cuenta con la opción de ganar por mayoría absoluta. Y, además, sin posibilidad para una revancha. El fracaso haría entrar al PP en crisis de melancolía y revisionismo. No sorprende, por ello, el cierto dramatismo con que se afrontan. El ardor con que se arenga a los militantes, en Galicia y en la diáspora. Y la pasión con que se están planteando. Van a disputarse con una indisimulada ferocidad. El caldeamiento del ambiente apenas se ha iniciado. Y van a obligar al electorado a definirse, sin posibilidad de matices. No habrá pinceladas, sino brochazos: o con unos o con otros, pese a los reparos que susciten las opciones, sin la salida cómoda de la abstención o del voto en blanco. No ha de extrañar, aunque no sea ejemplar, la utilización de descalificaciones que traten de sublevar los sentimientos hurgando, por ejemplo, en la edad de Fraga, el exilio de Beiras o la inconsistencia de Pérez Touriño. A estas alturas no parece discutible que nos encontramos ante el final de un ciclo. No es sólo la afirmación comprensible de quienes aspiran a ocupar la Xunta, enarbolando la bandera atractiva del cambio. El aroma puede desprenderse de las propias filas del partido en el Gobierno de Galicia, si se interpreta el interés de conselleiros y militantes distinguidos por incorporarse a las listas electorales, como un instinto de supervivencia. No nos engañemos. Se trata de unas elecciones generales encubiertas: por lo que se juega, por cómo se juega y por quiénes lo juegan. Se va a votar a Rajoy en la persona de Fraga, que se enfrenta, no a Pérez Touriño o a Quintana, sino al mismísimo Rodríguez Zapatero. Los temas propiamente autonómicos corren el riesgo de quedar difuminados en cuanto a la motivación decisiva del voto. Formalmente las elecciones son a tres. Algún día aparecerá la conveniencia de una cuarta pata. Ahora se presentan con una bipolarización intencionada, en detrimento del BNG, aunque los socialistas, y su secretario general el primero, son conscientes de que lo necesitan para acceder a la Xunta. Dialécticamente la confrontación es a dos: continuidad y cambio. Para neutralizar la ventaja ideal de éste, aquélla puede ensayar la jugada de lo conocido frente a lo incierto, en sentido defensivo, o de la renovación, en el ofensivo. La suerte está echada. Las encuestas bajarán o subirán las expectativas de los contendientes. Nada será igual, después del 19-J, cualquiera que sea el veredicto de las urnas.