¿Se puede acabar con las guerras?

| MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO |

OPINIÓN

02 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

PODRÍAMOS responder a esta pregunta desde el simple análisis histórico. En ese caso, nos veríamos forzados a decir que no existe un solo momento de la historia de la humanidad en el que las guerras (de conquista, de dominación, de expoliación, de aniquilación...) no hayan estado presentes. De algún modo, la historia de la humanidad es la enumeración de sus guerras y de las consecuencias de éstas. Todas las guerras buscan su justificación en un ideal: la grandeza del imperio, restaurar el orgullo nacional herido, la expansión religiosa, el exterminio de los infieles... El ideal puede variar, pero lo constante es lo real de la guerra: la posibilidad de matar y de morir, la justificación para liberar el afán destructivo. Ese real insiste, se repite, resultando siempre inútiles las buenas intenciones de eliminarlo. Lo más real es aquello que siempre retorna. Los horrores de la guerra de 1914 llevaron a la creación de la Liga de las Naciones, lo que no impidió el ascenso del nazismo en Alemania y la Segunda Guerra Mundial. El horror que representan los campos de concentración y de exterminio surgió en una de las naciones a las que le debemos algunos de los exponentes mayores de la civilización y de la cultura. En 1931, la Comisión Permanente para la Literatura y las Artes, de la Liga de las Naciones, encargó al Instituto Internacional de Cooperación Intelectual que organizara un intercambio epistolar entre intelectuales representativos «sobre temas escogidos para servir a los comunes intereses de la Liga de las Naciones y de la vida intelectual», y que diera publicidad a esas cartas en forma periódica. Una de las primeras personalidades a las cuales se dirigió el instituto fue a Einstein, y él mismo sugirió como interlocutor a Freud. En consecuencia, en junio de 1932, el secretario del instituto le escribió a Freud invitándolo a participar y éste aceptó de inmediato. La carta de Einstein llegó a manos de Freud a comienzos de agosto, y un mes más tarde tenía lista la respuesta. En marzo del año siguiente, el instituto publicó esta correspondencia en París, en alemán, francés e inglés simultáneamente. No obstante, su circulación fue prohibida en Alemania. Einstein le preguntaba a Freud: «¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra?». Freud, en su extensa carta de respuesta que podemos leer en sus Obras completas bajo el título de El porqué de la guerra , argumentaba su incredulidad respecto a la posibilidad de librar a la especie humana de la guerra. Algunos juzgan su respuesta como pesimista. Pero nosotros, los psicoanalistas, nos confrontamos a diario, no ya al mal, porque cualquiera sabe de esa presencia, sino al hecho de comprobar que ese mal está en todos, con la particularidad de que la mayoría de los sujetos no pasa al acto ese mal, porque lo que llamamos civilización es, profundamente, civilización del mal. Pero no todos los impulsos destructivos se civilizan. Lo primario en el ser humano es el goce no civilizado, lo primario es la agresividad. Sólo por el temor a la pérdida del amor, el sujeto infantil renuncia al goce primario para entrar en la cultura. Pero esa renuncia nunca es plena, nunca es total. Algo del sujeto (lo pulsional) es refractario a ser educado. El goce destructivo, imposible de civilizar, se reprime. Pero, lo reprimido, retorna. Por eso, como nos dice Freud en su artículo de 1915 titulado Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte , no es posible un exterminio del mal. Si a esto añadimos que las naciones reproducen la evolución de los individuos y, por eso, se desprecian, se aborrecen y se odian unas a otras, también en tiempos de paz tendremos las razones que hacen estructuralmente imposible acabar con las guerras. Freud no era pesimista, sabía del cainismo humano, y sabía que es un sueño pensar en un sistema que asegurara la paz y la tranquilidad perpetua. Freud no era pesimista, estaba advertido de que la razón no puede acabar totalmente con el lado oscuro de los sujetos y de las naciones. Aun así, en su respuesta a Einstein, termina diciendo: «Por ahora sólo podemos decirnos: todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra» .