QUE FRAGA siga rozando la mayoría, como dicen las encuestas, es un milagro. La oposición de izquierdas no es capaz de cuajar una alternativa, y todo apunta a que, si estuviésemos hablando de unas elecciones ordinarias, se las llevaría de calle. Pero la solemne convención de ayer, en la que se hizo oficial lo que el presidente ya había decidido, puso en evidencia que Fraga va a pelear contra sí mismo. La única tarea que les queda a Touriño y a Quintana es recoger la sangría de votos que se le escapa a un candidato que, por apurar el cáliz hasta las heces, consiguió desmotivar a sus propios partidarios. El problema de Fraga no va a ser el «efecto Zapatero», ni la evolución del electorado hacia posiciones de izquierda. El problema está en la sensación que tenemos los gallegos de vivir fuera de la actualidad, y de que todos los efluvios de la modernidad se nos escapan de las manos. En España se habla mucho de la reforma de los Estatutos y de los modelos de financiación autonómica, pero nosotros seguimos sin tener una posición institucional que nos permita meter baza en tan decisivo asunto. Los periódicos hablan de la regularización de la inmigración, de la afloración de puestos de trabajo y de los incrementos de población que se aprecian por todas partes, pero Galicia, como si fuese un «sitio distinto», está fuera de esas corrientes. En los foros políticos se habla de Euskadi y de las arriesgadas exploraciones de ZP, pero la Galicia institucional sólo a ese debate los artículos de excepción y las visiones del pasado. En todas partes se habla del matrimonio homosexual y de los nuevos horizontes que se abren en la relación entre la Iglesia y el Estado, pero nosotros sólo ofrecemos conformidad dogmática y lógica popular. En España se habla de trenes que no necesitan un plan, mientras en Galicia tenemos planes que sólo fabulan sus trenes. Porque hace tiempo que estamos más preocupados por batir un récord de resistencia que por gobernar un país que crece de forma invertebrada y sin un proyecto común. A Fraga le gusta hablar de la democracia inglesa, que es la «más seria del mundo». Pero no parece que vaya a comentar las presiones que sufre Blair, el primer laborista que gana tres elecciones consecutivas, para que dé pronto paso a nuevos liderazgos y a la renovación de su partido. Porque el momento Blair de nuestro presidente se produjo cuatro años atrás, cuando la retirada hubiese sido un acto de servicio. Ahora se nos pasó el arroz, y ya no se sabe que es peor, si una insostenible permanencia o una retirada postelectoral que nos dé gato por liebre. Porque la política también es tiempo, el único resorte que Fraga no sabe manejar.