HACE sesenta años capitulaba la Alemania de Hitler. Se desplomaba un régimen político, servido por una ideología totalitaria, que había intentado imponerse en Europa. El nacionalsocialismo dejaba en sus escombros la macabra muestra de una locura. La celebración que acaba de realizarse en Moscú, en plena Plaza Roja, no ha podido ocultar la memoria de lo que el final de aquella segunda guerra dejó en media Europa. Durante muchos años se exportó una imagen idílica del sistema de la URSS. Cuajó en muchos ambientes. No es preciso acudir a la novela de Orwell para identificar cómo se puede distorsionar la realidad, con una dialéctica pertinaz en su repetición y en la creación de imágenes que la encubren o distorsionan. Al cabo del tiempo ha podido comprobarse los traslados masivos de población, la represión de libertades y de disidentes, los gulags, los desastres ecológicos y agresiones al medio ambiente tan ensalzado Se comprende que los representantes de Estonia y Lituania no asistieran a la conmemoración. Hoy, los tres países bálticos han recuperado su independencia y se han incorporado a la Unión Europea. Es cierto que la URSS colaboró efizcamente a la derrota del nazismo. Su bandera fue la primera en ondear en el edificio en ruinas más emblemático de Berlín. La misma que ha sido portada en el reciente desfile conmemorativo, en un presente que testifica también la desaparición del régimen que lo simbolizaba. La realidad que subyace, y que no debe ocultarse, es que el fin del totalitarismo hitleriano fue sustituido por el estalinista en la mitad de Europa. No siempre la negación de la dictadura es libertad, como tampoco la de una falsedad supone la afirmación de la verdad. Mirando atrás puede comprobarse también el tremendo error de las potencias occidentales en Yalta, cuando se dispuso el reparto del botín de la guerra. Ya entonces había indicios de que se produciría la satelización de la parte de Europa adjudicada al régimen de Stalin. Los esfuerzos de Churchill, el más débil del tripartito, fueron inútiles. Polonia volvió a constituir un test dramático. La insistencia en que se garantizasen unas elecciones libres con observadores internacionales mereció de Stalin la observación cínica de que «un partido es mejor que dos», al premier británico, que saldría derrotado en las elecciones convocadas en el Reino Unido. La actitud de Roosevelt, bajo el condicionamiento de su precaria salud, propició el desigual reparto entre libertad y opresión. Su tesis consistía en «minimizar lo más posible el problema soviético». No debe extrañar que, ahora, Bush haya reconocido la equivocación de la política americana, ante pueblos largamente sometidos al imperialismo de la URSS. Muy pronto, en 1946, lo advirtió Churchill, liberado de las responsabilidades de gobierno, en dos memorables discursos en Fulton y Zurich. Había caído «un telón de acero desde Stetin en el Báltico a Trieste en el Adriático»; era necesaria la unión de la Europa libre. De la alianza de Yalta y Postdam se pasó a la guerra fría entre dos bloques, a un Berlín dividido por un muro levantado por los soviéticos. Al final ha triunfado el sistema de las libertades. Es historia y enseñanza de las nuevas generaciones. En los actos de Moscú se encontraron los altos dignatarios de Alemania y Japón con los de Rusia y EE. UU.; faltó el del Reino Unido. Con sus contradicciones, encierran el gesto simbólico de superación de un trágico pasado. Si se echa la vista atrás hay que hacerlo sin ira, resentimientos, revanchas, o parcialidad. Es una receta que vale para nuestro presente como país: sin crear una imagen que distorsione la realidad, que ya es historia, renunciando a utilizar el pasado, incluso el inmediato, como instrumento dialéctico partidista, aunque sea eficaz. Puestos a mirar hacia atrás, sería prudente fijarse en cómo se llevó a cabo la transición política, que presidió un ejemplar período constituyente.