SI SEGUIMOS la pauta analítica habitual, la que ha servido para unificar el discurso de los últimos años, los terroristas de ETA están que se salen. Atucha, el demócrata vetado, quedó en la cuneta. Los socialistas, que querían humillar al PNV, se quedaron compuestos y sin novia. Los empresarios, que empezaban a olvidar el impuesto revolucionario, volvieron a sentir en Zarauz el olor de los embargos etarras. El PCTV se consagró como árbitro del enfrentamiento soterrado entre constitucionalistas y nacionalistas. La IU-EB de Madrazo perdió su valor estratégico. Y el único lehendakari posible, que es Ibarretxe, está a merced de Batasuna. Pero eso no es todo. Zapatero, que inició un camino necesario, está preso de sus propias improvisaciones. Rajoy, que ya no quiere hacer de martillo pilón, está obligado a continuar con su desesperada letanía. Alonso y Bono, que hacían un discurso más próximo a Rajoy que a Zapatero, no tienen vuelta atrás. El Gobierno, que está obligado a tener un éxito inmediato, no sabe qué hacer. Sabater, que ya titubea al abrigo del poder, es incapaz de guardar un secreto. Las asociaciones de víctimas del terrorismo se enfrentan entre sí. Peces Barba hace el ridículo. Y ETA, en un alarde de fuerza, lleva la pólvora al centro de Madrid. Por si algo a faltaba, a los burocratas de la justicia se les escapa Salaberría, mientras se entretenían con la humillación de Otegi. Y todo sin que nadie se atreva a decir que esa jugada ya no sirve para nada, y que no es una forma inteligente de acosar a ETA. Porque, además de ser el hombre más público de Euskadi, y también el más vigilado, este odiado don Arnaldo también es la única baza que tiene Zapatero para poner en práctica la estrategia negociadora que refrendó el Congreso, la que ahora es apoyada por una mayoría social que jalea con fervor la misma idea que hace tres meses reputaba de criminal. ¿Y todo esto por qué? Porque hemos salido de un plan insostenible sin atrevernos a entrar en otro. Porque hemos iniciado un discurso sin olvidar el contrario. Porque nadie pierde una sola oportunidad de aprovechar el terrorismo para sus fines políticos o para sus intereses personales. Porque la mayoría de los comentaristas políticos actuaron como veletas y abandonaron sus posiciones numantinas -«¡lo que tiene que hacer ETA es entregarse!»- al solo conjuro del talante. Porque todavía creemos que hacerle la pascua a Ibarretxe es un servicio a España. Y porque basta con escuchar cualquier debate o declaración sobre el terrorismo para ver que tenemos la clase política más floja de los últimos años. Pero no tengan miedo. Porque, si las instituciones funcionan, también saldremos de ésta.