HOY saldremos de dudas y sabremos si los franceses han votado plebiscitariamente sí o no al tratado constitucional europeo, después de que los alemanes, a través del Bundesrat, hayan dicho que sí. Antes han sancionado favorablemente el texto Lituania, Hungría, Eslovenia, España (único por referéndum hasta ahora), Italia, Grecia, Eslovaquia y Bélgica. El miércoles los holandeses también están convocados a las urnas y, como en Francia, las encuestas apuntan al no. Pero con ser importantes todas las victorias del no (o las derrotas del sí ), la más trascendente sería la gala porque Francia ha sido hasta ahora el motor, con Alemania, de la construcción europea, y no en vano fueron franceses el iniciador -Jean Monet-, el continuador -Maurice Schuman- y el culminador -Jacques Delors. Los contrarios a la denominada Constitución curopea creen que ésta modificará el modelo social a favor del modelo liberal de mercado, olvidando o no queriendo reconocer que éste ya se ha impuesto en Europa sin mengua del social. La Constitución eleva la prioridad política de la Unión sobre la actual prioridad económica y como ha escrito el filósofo alemán Jürgen Habermas, «pone el modelo social a la altura de los mercados». Pero en el guirigay francés, el que contiene el aliento de 25 cancillerías y da alas a los euroescépticos, hay bastante más que la artificiosa contraposición modelo social-economía liberal de mercado. Hay rencillas intrapartidos, muy en la línea gala de saldar cuentas de familia, y facturas políticas por cobrar. El enfado contra el Gobierno del derechista Jean Pierre Raffarin y más aún contra el presidente Jacques Chirac pesa demasiado en el referéndum porque, como ha dicho el alcalde socialista de París, Bertrand Delanoë, «los franceses no son capaces de pensar en clave internacional y nunca lo han hecho». Si a ello sumamos los enfrentamientos en el Partido Socialista, en el que, a pesar de la victoria del sí en el referéndum interno y secreto -con el 59% de los votos-, varios de sus más emblemáticos miembros, como el ex primer ministro Laurent Fabius, enfrentado con su secretario general, Francois Hollande, no aceptan el resultado y defienden posiciones contrarias y hasta similares a las de la ultraderecha lepenista y la extrema izquierda trotskista, se comprende que Europa esté al borde de un ataque de nervios por culpa de esta casquivana Mariana. Si triunfa el no en Francia el euro se devaluará y en Europa se abrirá un feo panorama. No importará que al final del 2006 lo hayan aprobado el mínimo de cuatro quintos de países porque las consecuencias políticas del no galo habrán llevado para entonces más división interna y una Europa a varias velocidades más débil y vulnerable, en la que por encima de los ideales europeístas se habrán instalado los intereses nacionales, estos días impúdicamente exhibidos por los veinticinco para pactar las futuras perspectivas financieras para el periodo 2007-2013.