MARIANO Rajoy navega sin rumbo por la política española. Elegido sin entusiasmo en un congreso de su partido al que pensaba llegar como presidente del Gobierno; escoltado por la guardia pretoriana de su predecesor en el cargo; incapaz de consolidar su posición en el Partido Popular y de asentarse en los estudios de opinión como un líder de la oposición creíble y valorado, Rajoy parece haberse rendido a los sectores más duros e inmovilistas del partido conservador, de cuyo nostálgico apoyo sólo puede esperar un destino similar al que padeció la mujer de Lot. Al renunciar a la formulación de un proyecto propio, el presidente del PP lo fía todo a los errores del adversario y reduce su estrategia al intento de crear el caldo de cultivo necesario para el deterioro político del Ejecutivo. Pero con semejante actitud, Rajoy no sólo concede toda la iniciativa política al Gobierno, sino que instala al PP en la contradicción y el bandazo político permanente. Un ejemplo paradigmático de lo que acabo de afirmar lo constituye la insólita respuesta del líder de la oposición con motivo del rechazo de Francia a la Constitución Europea. ¿Cómo puede respetarse a un partido y a un dirigente que piden el sí al Tratado Constitucional Europeo en el referéndum celebrado en su país y, sin embargo, parecen alegrarse del no francés? ¿Qué crédito merecen un partido y un líder que han denunciado permanentemente el seguidismo que supuestamente practica Zapatero respecto de Francia y Alemania, para reprocharle ahora que se haya adelantado a esos países en la consulta constitucional? ¿Debería haber esperado el Gobierno a la decisión francesa para, de acuerdo con ella, fijar después la posición española? Un poco de seriedad, don Mariano. Algo parecido le ha sucedido al dirigente popular con el debate territorial. Durante meses le ha reprochado con dureza a Zapatero su falta de modelo global de España, sus contradicciones con Maragall y sus concesiones a Carod Rovira. Pero cuanto Matas y Camps -presidentes populares de Baleares y País Valenciano respectivamente- han decidido iniciar reformas estatutarias similares a la catalana, Mariano Rajoy nos ha sorprendido a todos concediendo libertad a los presidentes autonómicos conservadores para decidir el modelo de financiación autonómica que más convenga a sus respectivas comunidades. Todo un ejemplo de coherencia política y de firmeza en los principios. Incapaz de proponer una sola alternativa en política económica; carente de un proyecto coherente en política exterior y sin modelo de Estado, ¿qué ofrece Rajoy al país, salvo tensión y crispación? Así las cosas, si el 19-J Rajoy cosecha en nuestra tierra su cuarta derrota electoral consecutiva, no hace falta ser un adivino experimentado para predecir cuál será su futuro político. Pero quien, como Rajoy, se apunta a un bombardeo no puede pretender salir indemne del trance.