La otra cara de Einstein

| PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO |

OPINIÓN

03 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

NO HAY DUDA. Ni Johannes Kepler, ni Nicolas Copérnico, ni Galileo Galilei. Ni siquiera el mismísimo Isaac Newton. Albert Einstein (1879-1955) se ha erigido en el científico más sobresaliente de la historia y en el más conocido por la opinión pública. Incluso, y no es una exageración, el interés por sus aportaciones crece de forma imparable día a día. Un hecho que era atestiguado por la revista Time , cuando en el año 1999 consideraba al insigne científico como «el personaje del siglo XX». Y es que si, como decía nuestro hombre, «la luz es la sombra de Dios», sus construcciones perduran alumbrando la física de hoy. Celebramos este año el cincuentenario del fallecimiento de Einstein, así como el centenario de un año extraordinario para el avance de las ciencias y, en particular, de la física. Un año que puede calificarse como annus mirabilis . No en vano la Unesco lo declaraba Año Mundial de la Física . En efecto, corría el año de 1905 cuando un oficinista judío, que trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna, y antes en la Escuela Técnica de Winterthur, publicaba cuatro artículos en la prestigiosa revista alemana Annalen der Physik , de los que destacamos dos de ellos: el primero, Sobre un punto de vista heurístico relativo a la producción y transformación de la luz, su preferido, y por el que era galardonado con el premio Nobel en 1921 (cuyo importe dedicaba a la beneficencia); y, el segundo, Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, también denominado Teoría del invariante, centrado en la teoría de la relatividad especial. A él debemos, en suma, sus novedosas ideas sobre el impulso de la mecánica cuántica, el descubrimiento de la teoría de la relatividad, de la que se deriva y, no me perdonarían el olvido, la formulación de la ecuación entre masa y energía, hoy denominada la ecuación del siglo XX, y convertida en un icono de la modernidad: E=mc2. Pero dicho esto, su personalidad también reviste unos contornos, además de los científicos, de carácter político, que merecen la atención, por más que el propio Einstein tratara de convencernos de lo contrario. Así en sus Notas autobiográficas (1949) señalaba, con vehemencia racionalista, que « lo fundamental en la existencia de un hombre de mi especie estriba en qué piensa y en cómo piensa, y no en lo que haga o sufra». Seguramente es su compromiso como activista militante a favor de la paz lo más sobresaliente de su faceta política. Después de los horrores del nacionalsocialismo alemán y el comunismo soviético y de las decenas de millones de muertos habidos a lo largo de los dos conflictos mundiales, Einstein, que sufre ambas guerras en primera persona, aparecerá en adelante como un convencido apologista de la paz. Basta recordar el Manifiesto suscrito contra la carrera armamentística y a favor del movimiento pacifista -lo que le ocasionaría ser investigado por el FBI- en los años cincuenta en compañía de otro de los referentes morales del siglo XX: el filósofo británico Bertrand Russell. Sólo desde esta perspectiva, buscando una solución inmediata, aunque tuviera que ser la militar, que detuviera el avance de las tropas del III Reich , se comprende la remisión de una carta al presidente Roosevelt en agosto de 1939, solicitando urgentemente su atención sobre las investigaciones en la fusión del uranio -lo que acontecería finalmente en 1941 tras la entrada de los Estados Unidos en la Guerra-, que era tanto como decir a favor de la construcción de la bomba atómica. En este clima, Einstein conocería el desmoronamiento de los cimientos de la República de Weimar de 1919, hasta entonces imitada, y referente en tantos ámbitos, como, por ejemplo, en materia de su avanzada protección de los derechos económicos y sociales. Una crisis político-constitucional, sin parangón en Europa, que supondría el aciago advenimiento de Adolf Hitler en 1933, y que llevó a Einstein a tener que dejar su patria y perder su nacionalidad, para convertirse, como tantos otros de sus hostigados conciudadanos, en un apátrida. Un apátrida -obtendría no obstante la nacionalidad norteamericana en 1940- que haría de la invocación de la dignidad de todo hombre, de la exaltación de la libertad, de la defensa de los derechos fundamentales, de la libertad intelectual y política, del respaldo a los regímenes democráticos y del compromiso a favor de un gobierno mundial en paz y en libertad, los referentes de su pensamiento. Y aun se debe decir más. Que Einstein no era extraño a la realidad política lo acredita la oferta, después del fallecimiento del primer presidente de Israel, Chaim Weizmann, para que asumiera en 1952 la más alta jefatura del recién creado Estado. Sólo su modestia e íntegra dedicación a la ciencia le hicieron declinar dicho ofrecimiento. Ahora bien, siendo todo lo afirmado de interés, lo es todavía más su confianza, casi ciega, en la razón humana. Nuestro científico era, como sus admirados filósofos de la Aufklärung , de la Ilustración, un convencido de las bondades de construir un mundo futuro sobre criterios racionales, un hombre con un profundo sentido moral y de la justicia. Llegando a abrazar, como se plasma en su obra Mi visión del mundo, una religiosidad cósmica asentada en una perfecta y armoniosa sintonía del hombre con sus semejantes y con el Universo mismo. Hoy, como apunta en un reciente libro el filósofo austríaco Hubert Schleichter, Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón , Einstein reivindicaría «el uso subversivo de la razón».