04 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA CAMPAÑA para las elecciones del 19-J está en marcha, aunque lleva muchos meses de rodadura. Las imágenes de los candidatos quedan expuestas a la pública indiferencia. Se desgranan eslóganes, mensajes escogidos para la ocasión por los expertos publicitarios e, incluso, al parecer, existen completísimos programas con los que se proponen a las ciudadanas y a los ciudadanos, la transformación de Galicia. Pero, en realidad, ¿qué se vota? Las elecciones gallegas no son diferentes a cualesquiera otras consultas populares, como acaba de suceder en los referenda francés y holandés sobre la Constitución europea. Se ha votado realmente a favor o en contra de un texto acerca del que su padre putativo, Giscard d¿Estaing, escribió que era mejor para combatir el insomnio que las más eficaces píldoras de venta en las farmacias. Andan ahora los analistas y políticos indagando en las razones del rechazo. Están de acuerdo en que fueron varias, aunque la lectura se escora según convenga. Lo cierto es que se ha aprovechado la circunstancia para expresar la insatisfacción por políticas emprendidas, la coyuntura desfavorable, la incertidumbre del futuro, la repulsa a los gobernantes del turno, o al modo elitista en que se redactó la Constitución. Ha habido desahogo en buena medida. A veces se vota a favor de alguien, pero también, en ocasiones, lo que prima es hacerlo en contra. Sin salirnos de nuestro país, determinante del 14-M, dentro del ambiente conmocionado de la elección, fue un voto «anti-Aznar», que no concurría a ella, más que un sí al programa electoral de Rodríguez Zapatero. Qué se vota en Galicia, más allá o por debajo de la cada vez más sofisticada mercadotecnia electoral y la fanfarria convencional de la campaña. De entrada, la circunstancia del 19-J se presenta como el final de un ciclo. Las encuestas, todo lo aproximadas o abiertas que se quiera en cuanto a los resultados, lo reflejan. El de estas elecciones, es un escenario nuevo que justifica una alta participación. No son propiamente unas elecciones autonómicas. Unos y otros -presidente del Gobierno y presidente de la Xunta, por ejemplo- las plantean como generales. Sin duda, los candidatos hablarán de lo que se proponen llevar a cabo en Galicia, si alcanzan la Xunta o se mantienen en ella. Me temo que quedará ahogado en esa otra confrontación de fondo entre Rodríguez Zapatero y Rajoy. Para el primero, la ocupación de lo que se entiende como fortaleza del PP, sería decisivo con el fin de consolidar su marcha hacia una futura mayoría parlamentaria más cómoda que la actual. Un resultado adverso supondría un frenazo. El test resulta altamente significativo, por el momento en que va a realizarse. Servirá para comprobar si el efecto ZP sigue teniendo la misma eficacia que hace un año. Las encuestas oficiales registran un descenso y el observatorio directo de la sociedad evidencia que ha molestado profundamente a una parte de ella, nada despreciable en el ámbito territorial en que van a celebrarse las elecciones. El planteamiento, tan cargado de ideología, obliga a definirse, sin que deje mucho margen para matizar. La frontera divide dos posiciones: mantenimiento o pérdida de la mayoría absoluta por el PP. A eso se subordina todo, dominado por la idea del cambio. Para el PP, se haría después; para el PSdeG-PSOE y BNG, ya. Bajando a la inesquivable realidad, la pugna se reduce a la alternativa de una Xunta popular o de una Xunta en que los socialistas, de una u otra manera, estarían condicionados por la fuerza, minoritaria, pero determinante, del BNG. No parece que exista otra en el horizonte. Al menos así se nos presenta. Los bandos son claros: «botemos» al presidente, salvemos al -salvémonos con él- presidente. Los ciudadanos no alineados: con o contra ZP; por lo incierto o por lo conocido. La campaña electoral no ayuda mucho más a aclarar la decisión. Los trazos gruesos dominan el discurso.