Votar por cosas pequeñas

OPINIÓN

05 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

SI ANTES me quejaba del debate electoral a media altura, que olvida la gestión de nuestras competencias y presupuestos para ocuparse de lo que hacen en Madrid o en Bruselas, en los últimos días me veo sorprendido por una catarata de mensajes que llevan la campaña electoral a la estratosfera, y que hacen a los gallegos responsables de la unidad de España, de la lucha contra el terrorismo y de frenar la ola de irresponsables -¡quién nos diera!- que triunfan en las elecciones de Euskadi y Cataluña. No se trata de negar que esas cosas nos interesan mucho, sino de recordar que para resolver tan enjundiosas cuestiones ya votamos en las elecciones generales y europeas, además de contribuir al sostenimiento de un Gobierno, de cientos de diputados y senadores, del Parlamento europeo, de los comisarios de la UE, y de todo el aparato de embajadas, cumbres y reuniones bilaterales que, manejando millones de funcionarios y muchos miles de policías y soldados, velan por nuestra sagrada patria y por las sagradas patrias que nos rodean. Lo que yo sugiero es que nadie vaya a votar el día 19 por la unidad de España. Y que sigamos preguntándonos, en cambio, cómo es el colegio de nuestros hijos, en qué condiciones trabajan los agricultores, cuánto tiempo hay que esperar para hacer una resonancia magnética, cómo resolver el caos urbanístico, por qué crecemos a menor ritmo que Extremadura y Andalucía, por qué perdemos población y no atraemos inmigrantes, o si hay residencias adecuadas para nuestra vejez. Porque eso es lo que se juega aquí, y no la caza de Bin Laden o el porvenir de la OTAN. Aunque vivo muy lejos del patriotismo de bandera y mano en pecho que Aznar importó de USA, tengo la suerte de vivir en una España que me llena de confianza y orgullo y que no me produce ningún sobresalto. Y no entiendo cómo pueden ser felices personas que, como Fraga Iribarne, llevan toda la vida temiendo que un tropezón o un foguete de fiesta borre su patria de la faz de la tierra. Si usamos la palabra nacionalidades -¿recuerdan?-, ¡pum! ¡alá vai España! Si no predomina la lengua del Imperio, nos quedamos sin país. Si ganan Maragall y Carod-Rovira, invocamos a don Pelayo. Si gobiernan Quintana y Touriño, rendimos la patria a ETA. Si se casan un guardia civil y un peón caminero, rompemos con nuestra colosal historia. Y así con todo. ¡Que angustia, madre mia! ¡Vivir 82 años, y los muchos que yo le deseo, sobre un país tan frágil y tan al borde del precipicio! Pero los que no tememos que el cielo se abata sobre nuestras cabezas no somos sensibles a tan profundos argumentos. Porque nuestra España es menos posesiva y más estable. Y nos deja votar libremente.