LA CAMPAÑA electoral se agota. Tiene algo de prueba final de una competición deportiva. Se persigue con ahínco el triunfo, de incierto pronóstico, incluso cuando expertos y público den como favorito a uno de los contendientes. La sorpresa es siempre posible y se presenta como estímulo para los jugadores. Cuanto más impredictible es el resultado más emoción suscita. Me parece que la situación se corresponde a las elecciones en curso. A veces el tanteo definitivo no se corresponde con los parciales. Es preciso jugar hasta el minuto postrero. Tenemos experiencias recientes; en la Champions League, por ejemplo. El importante número de votos denominados opacos o indecisos en las encuestas publicadas, arroja incertidumbre y morbosidad sobre lo que depararán las urnas dentro de una semana. En ocasiones, como ahora, se incrementa la expectación por el dramatismo con que se participa. Se trata de comprobar si termina un largo período de gobierno en la Xunta y, con ello, si concluye -y cómo- la más larga carrera pública de su presidente. No es fácil imaginar a Manuel Fraga como líder de la oposición del Parlamento de Galicia. El tiempo no es el mismo de cuando lo era en el Congreso de los Diputados. Galicia es el terreno en que el PSOE y el PP han decidido mantener un pulso que incida en la orientación general de la política en el Estado. Para visualizarlo se acumulan efectivos en constantes desembarcos. Algo deben jugarse Rodríguez Zapatero y Rajoy en el empeño. Por eso, las elecciones gallegas adquieren una dimensión mayor que la autonómica y una proyección más allá de su coyuntura. Desmontada la tramoya de la propaganda, el escenario del día después -sea el 20-J o unos días más tarde por el eventual efecto del voto de la emigración- será distinto. Quizá no estaría de más que los aguerridos participantes en la arena, todavía ocupados en lanzar mensajes publicitarios, tuviesen en cuenta esa fecha, en la que unos irán para el gobierno y otros a la oposición. Que han de gestionar la confianza que les ha otorgado el pueblo, en un veredicto a respetar por todos, no sólo los litigantes. A la opción del PPdeG le corresponderá realizar el cambio ahora demorado, tanto si mantiene la mayoría absoluta como si la pierde. La confianza mostrada hacia Fraga, en el caso del éxito de su candidatura, obligaría a ello. Constituiría su contrapartida. Y hasta parecería razonable que se evidenciase con anterioridad, porque el cambio constituye un tema central de las elecciones. Actuaría como un antídoto a la alergia que puede producir, como reacción, la continuidad a que invita el máis elegido como eslogan. En el caso de que la opción ganadora fuera el PSdeG-PSOE-BNG habría que esperar que el cambio abanderado se correspondiese a la tranquilidad que se pregona. Lo atractivo de la novedad ha de procurar vencer el recelo ante lo incierto. La calidad de una victoria y la madurez de los victoriosos se calibra por la capacidad de integración, más que por la prisa en la demolición. Si piensan en el día después con grandeza, las formaciones políticas en liza deberían encontrarse entonces en condiciones de emprender en común acciones que demanda un futuro complicado para esta Galicia periférica. Las infraestructuras, imprescindibles para una inserción europea y la relación trasatlántica, la financiación de la comunidad, la vertebración interior y tantos objetivos, requieren una convergencia. La reforma del Estatuto podría servir de testigo, en un período que tiene aire de constituyente. Galicia no es el trofeo de una victoria, sino una responsabilidad compartida.